30 de enero de 2009

Errores y Enredos del Codigo Da Vinci

Errores y Enredos del Codigo Da Vinci

Por: Hugo Vallenas
2005

En la prensa, en la internet y también de puerta en puerta se habla y se habla de la novela El código Da Vinci. ¿Por qué no discutir el tema también nosotros?

1-El novelista y su método

La novela El código Da Vinci del estadounidense Dan Brown, fue publicada el 2003. Es una novela de misterio que relaciona un homicidio con una trama de conspiraciones secretas religiosas. Los protagonistas van descubriendo, con riesgo de sus vidas, lo que serían «secretos terribles» de la historia del cristianismo y la iglesia católica.

Aunque sólo es una historia de ficción, mucha gente toma el libro muy en serio. Esto se debe a que los personajes hacen conjeturas sobre diversos datos históricos consultando documentos que para ellos serían muy confiables. El autor, en los pasajes en que desarrolla su relato, en ningún momento confirma lo que dicen sus personajes. Pero el lector desprevenido toma toda esa información por cierta. En el periodismo este recurso es conocido como amalgama subliminal y es propio de publicistas inescrupulosos. Un verdadero escritor no tira la piedra y esconde la mano detrás de sus personajes. Nos dice claramente lo que piensa y lo que quiere que creamos.

Dan Brown igualmente abusa de la regla de credibilidad que debe imperar en toda narración, por imaginativa que sea. Las novelas desarrollan una historia ficticia, que puede ser fantasiosa y hasta mágica, pero sin abandonar una ética básica de respeto por la verdad. De lo contrario la literatura toma un rumbo delictivo. Por ejemplo, una novela sobre Santa Rosa de Lima de seguro incluirá milagros y trances espirituales, pero no puede decir que era chilena, judía conversa y descendiente de Huayna Cápac. Un verdadero novelista no puede faltar a la verdad, por más derecho a la ficción que tenga.

2-Lo que propone El Código Da Vinci

Ahora bien, Dan Brown abusa terriblemente de la buena fe de sus lectores al tirar la piedra y esconder la mano sobre temas que son muy serios y delicados. Los aspectos históricos relacionados con la fundación de las iglesias (católica, musulmana, judía, budista, etc) afectan la identidad y los sentimientos esenciales de grandes colectividades humanas. Y Jesús de Nazareth, seamos creyentes o no, visto históricamente, merece respeto. Murió por sus ideas, fundando la primera iglesia que no excluyó a los hombres según raza, nacionalidad, clase social o sexo y predicó la paz universal.

Por mal informados que estemos sobre la historia del cristianismo, tiene que sabernos a vulgar sensacionalismo que un autor pretenda hacer creer a sus lectores proposiciones como las siguientes:
–Que la iglesia cristiana primitiva nunca consideró a Jesús divino ni «hijo de Dios» y que la historia de la crucifixión, tal como la conocemos, fue un invento del emperador Constantino y el Concilio de Nicea (en el año 325), que incluyó alterar, suprimir o reescribir los evangelios.
–Que María Magdalena y Jesús se casaron, se establecieron en el sur de Francia y tuvieron una hija, de la que descienden los reyes merovingios.
–Que el Santo Grial, es decir, la copa de Jesús en la última cena, que también habría servido para recoger su sangre en la cruz, era en verdad el nombre en «código» del vientre de María Magdalena.

A partir de estas afirmaciones se añaden otras, relacionadas con la orden medieval de los caballeros templarios. Esta orden religiosa-militar de la época de las Cruzadas habría preservado los indicios sobre la verdadera historia de Jesús. Una organización secreta que existe en la actualidad, llamada Priorato de Sión, presunta heredera de los secretos de los caballeros templarios, a la que habría pertenecido Leonardo Da Vinci, conservaría las pruebas de todo esto.

3-Las fuentes consultadas por el novelista

Muchos lectores de la novela suponen que sus atrevidas afirmaciones se basaron en una seria y documentada investigación histórica. No es así. A lo largo de la novela, los personajes van mencionando sus fuentes. Son libros conocidos, que son motivo de broma entre los académicos. Que los personajes de El código Da Vinci los mencionen con solemnidad constituye una mofa del autor hacia sus lectores. Es como si en una biografía de Einstein el sabio alemán escogiera de su biblioteca un libro llamado Sea un seductor irresistible en 10 lecciones, lo mirara con recogimiento y dijera: «Debo a estas páginas mi teoría de la relatividad».

Los libros citados por Brown son, en primer lugar, un libelo feminista irresponsable: The Gnostic Gospels de Elaine Pagels; otro es una arbitraria recopilación de referencias mitológicas: The Woman’s Encyclopedia of Myths and Secrets by Barbara G. Walker. Los demás son textos sensacionalistas muy apreciados por los aficionados a lo esotérico en los supermercados: The Templar Revelation: Secret Guardians of the True Identity of Christ de Lynn Picknett y Clive Prince; Holy Blood, Holy Grail de Michael Baigent, Richard Leigh, and Henry Lincoln; y The Goddess in the Gospels: Reclaiming the Sacred Feminine and The Woman with the Alabaster Jar: Mary Magdalen and the Holy Grail, de Margaret Starbird. Todos estos libros carecen de base científica o bibliográfica respetable.

En base a los libros The Gnostic Gospels; Holy Blood, Holy Grail; y Templar Revelation, el novelista pone en boca de sus personajes la historia sobre la falsificación de los evangelios y que Jesús que no era un humilde carpintero sino un robusto y afortunado teólogo que proclamaba ser descendiente del rey David, mientras María Magdalena, su esposa, era una rica descendiente del patriarca Benjamín.

Sobre todo esto sobran las evidencias en contra. Los evangelios canónicos fueron escritos entre los años 50 y 70 (el de Mateo fue escrito en arameo el año 58 y el de Lucas en griego en el 70). Todas las transcripciones conocidas, incluidos los más antiguos fragmentos, coinciden textualmente con aquellos posteriores a Constantino. Y tienen el mismo mensaje: Jesús es presentado como el Mesías, el hijo de Dios y el Redentor. Las cartas apostólicas de San Pablo, que son más antiguas que los evangelios (la de los Corintios y la de los Filipenses datan del año 53), propagan los mismo artículos de fe.

Es también un hecho sabido que en el Concilio de Nicea (año 325), la secta de los arrianos, que pregonó la estricta humanidad de Jesús, es decir que Jesús «no era igual ni consustancial respecto al padre» (omousios), surgió recién allí contra la iglesia antigua que lo consideraba Hijo de Dios. No fue al revés. Y no hay evidencia de ninguna secta que haya defendido en el pasado la historia del matrimonio y la jubilación francesas de Jesús y Magdalena.

De Holy Blood, Holy Grail, Brown ha extraído la idea de que el término grail (grial), es la quiebra del término francés medieval sangraal (Santo Grial) en sang (sangre) y raal (royal). Sangraal sería la palabra «en código» para referirse a la «sangre» o descendencia europea de Jesús. Dicha teoría se equivoca respecto a cuándo y dónde se hablada esa forma de francés antiguo y respecto a la época en que se habría dado la mítica búsqueda del Santo Grial.

Del libro Templar Revelation, Brown deriva la idea de que los templarios eran una sociedad secreta que custodiaba el conocimiento de la verdadera misión de Jesús y los secretos de la construcción de catedrales y la simbología cósmica. Es imposible que los toscos y modestos caballeros templarios hayan sido portadores de extrañas filosofías que se remontarían a la época de las pirámides en Egipto.

Brown deriva de los libros The Woman’s Encyclopedia of Myths and Secrets y The Templar Revelation que las catedrales góticas eran representaciones ocultas de la matriz de una deidad femenina pagana, y que la entrada al templo representaba la vulva (incluido el clítoris). Dice el autor en sus propias palabras (es algo tan traído de los pelos que hay que citarlo): «(The) cathedral’s long hollow nave (was) a secret tribute to a woman’s womb...complete with receding labial ridges and a nice little cinquefoil clitoris above the doorway».

No hay ningún misterio en el diseño de las catedrales. El plano de las iglesias cristianas representa una cruz y la redondez de las naves rememora el santo sepulcro. Las iglesias románicas más antiguas, sin templarios de por medio, tenían el mismo esquema básico. Bajo el punto de vista de El código da Vinci, habría que empezar a buscar en las catedrales góticas todo tipo de similitudes con el cuerpo femenino, cuyo interior y fisiología, para ser exactos, no eran conocidos ni por los científicos hasta el siglo XVIII.

4-Errores y enredos del autor

Las divagaciones sobre los mensajes secretos en la obra de Da Vinci son igualmente absurdas. El personaje que, representando a San Juan, se inclina sobre el hombro de Jesús en La última cena es la imagen de un joven afeminado presente en otras pinturas y dibujos (se conoce su nombre y las relaciones que tuvo con el pintor) y no María Magdalena. Es igualmente bien sabido que el célebre retrato Mona Lisa representa a un personaje real, Madonna Lisa, esposa de Francesco di Bartolomeo del Giocondo y no a una imagen andrógina misteriosa. Suponer que Mona Lisa es la conjugación de dos divinidades de la fertilidad del antiguo Egipto –Amón y L’Isa (Isis en italiano, según el autor)– es una extravagancia que hace recordar cuando los detractores de los Beatles encontraban mensajes secretos tocando sus discos al revés o reuniendo las letras iniciales de los títulos (como LSD por «Lucy in the Sky with Diamonds»).

Es extraño que Brown no haya incluido en su libro otra teoría del libro The Templar Revelation: la que supone que el sudario de Turín es un autorretrato fotográfico primitivo del propio Da Vinci desnudo.

Otra mofa del autor hacia sus lectores es la mención al Priorato de Sión, pequeña organización reconocida por el gobierno francés en 1956, que sin pena ni gloria dice ser heredera de «los secretos» de templarios. Estuvo temporalmente en sus filas el controversial artista Jean Cocteau, pero no ha podido demostrar una antigüedad anterior a la II Guerra Mundial ni mucho menos que fue internacional y tuvo entre sus afiliados a Da Vinci, Isaac Newton y Victor Hugo. Es muy posible que ni sus propios integrantes se tomen muy en serio a sí mismos.

Conclusión

No podemos oponernos a que este libro se lea pero sí debemos advertir sobre su trasfondo mal intencionado y la sucesión de trampas y engaños que perpetra contra la buena fe de los lectores. Para ahondar en este tema (y practicar el inglés), se puede consultar en internet:

Dismantling The Da Vinci Code By Sandra Miesel
www.crisismagazine.com/september2003/feature1.htm

Decoding The Da Vinci Code
Michael Gleghorn
http://www.probe.org/docs/davinci.html

Cuando el antiaprismo se convierte en antiperiodismo, Sr. Hildebrandt

Cuando el antiaprismo se convierte en antiperiodismo, Sr. Hildebrandt


Escribe: Rocío Valencia H.

Lima, 27 de enero del 2007

El artículo del señor Hildebrandt en La Primera del 13 de este mes no es un artículo en torno a la pena de muerte. A juzgar por el título: “Enamorado de la muerte” es otra más de sus sornas antiapristas. Un panfletín de opinión en el cual una vez más el periodista manipula la historia con el único propósito de insultar al presidente García Pérez y de criticar su gobierno mientras intenta ensuciar con insinuaciones crueles la historia heroica y sacrificada del pueblo aprista peruano. A esta actividad se dedica el señor Hildebrandt desde hace ya casi tres décadas. Una obsesión fanática que ha ido en aumento desde el triunfo del partido aprista en el 2006. Mucha tinta negra ha corrido ya, financiada por los dos grupos extremistas que más temen que el pueblo peruano conozca la verdad acerca del pensamiento hayadelatorriano y la historia del APRA: la extrema derecha cuyo interés es defender los intereses económicos de una clase y la izquierda atea y marxista sin verdadero arraigo en el corazón del pueblo peruano que ve al APRA con celo y envidia. Habría que preguntarse para cual de los dos trabaja el señor Hildebrandt.

Haya de la Torre es grande entre otras cosas por haber propugnado siempre el perdón de sus adversarios a quienes se negó tajantemente a llamar enemigos y prefirió llamar simplemente oponentes políticos. El partido aprista no dio jamás orden alguna de asesinar a nadie ya que Haya de la Torre fue por encima de todo, un político, en toda la magnitud y sentido de esta palabra. Los agravios, amenazas, ofertas de puestos públicos de parte de presidentes que no comulgaban con sus ideas políticas como Leguía pronto se convirtieron en torturas, encarcelamientos arbitrarios y oprobiosas matanzas que violaban todos los derechos humanos bajo regímenes como el del Gral. Sánchez Cerro (1931-1933) sucedido por el del Gral. Benavides (1933-1939). Sin embargo nunca nada de esto quebrantó, ni siquiera por un segundo su credo en la paz y en la negociación civilizada. “Ni venganza, ni amenaza están inscritas en las banderas del aprismo: solo queremos y realizaremos justicia” declararía el jefe del aprismo el 8 de octubre de 1931, cuatro días después del atentado que sufriera el local central de su joven partido en Lima, en manos de un grupo del partido civilista durante la campaña presidencial de 1931.

La revolución de Trujillo de julio de 1932 es tal vez el más claro ejemplo de cuán lejos podía llegar la crueldad sádica de este régimen del terror civilista dueño de nuestra joven república con tal de aplastar las voces de compatriotas que se sublevaban en pos de la justicia social y de una democracia real. La valentía alegre y piadosa con la que estos 44 peruanos entregaron sus pechos desnudos al fusil en Chan-Chan, con el brazo izquierda en alto y al son de la marsellesa aprista sólo es comparable al martirio de los primeros cristianos en la Roma de los primeros siglos después de Cristo. Con la paz y la tranquilidad que entrega su vida quien sabe que tiene las manos limpias, el corazón puro y la fe puesta en un Dios que hará justicia y limpiará con la luz de la verdad la infamia humana más allá de esta vida. 4,000 apristas fueron masacrados en la revolución de Trujillo. Revolución espontánea que fue un grito de protesta contra los asesinatos de campesinos inocentes en los fundos de Paiján y Chocope días antes de la toma del poder del Gral. Sánchez Cerro por militares. Fue un rotundo no al fraude electoral de diciembre de 1931 y al atentado de asesinar a Víctor Raúl en Trujillo el 24 de diciembre de 1931. La revolución fue también un acto de valentía cívica para detener el atropello de este régimen sancho-civilista contra la democracia. El 17 de febrero habían sido detenidos por tropas armadas en la propia sala de sesiones del Congreso 23 de los 27 integrantes de la célula aprista. El 6 de mayo había sido detenido y encarcelado Víctor Raúl en Lima cuya vida planeaban cegar para siempre los tiranos. El 8 de julio fue bombardeado cobardemente, el pueblo trujillano que acudía en masa a los funerales de los caídos en el combate del cuartel O’Donovan.

Tal y como lo recuerda el Dr. Luis Alberto Sánchez, tres veces rector universitario de San Marcos, historiador, profesor y estadista en su libro Haya de la Torre o El Político: “El gran esfuerzo (para el APRA) de aquellos días era refrenar a las masas y conducirlas a la lucha legal” (1) Pueblos como el de Trujillo y el de Huaraz que se sublevó contra la tiranía en agosto de 1932 son orgullo de nuestra recién adquirida democracia que ojalá nuestro Congreso algún día muy cercano decida honrar declarando las fechas feriado nacional.

En cuanto al asesinato de los esposos Miro Quesada en 1935, el señor Hildebrandt debe saber mejor que nadie que se trató de un acto deplorable que obedeció a la iniciativa aislada de un joven que nada tenía que ver con la dirigencia del partido que se encontraba en la clandestinidad, detenida o deportada. Si era aprista nominalmente o no es algo muy discutible, no había entendido lo fundamental de la moral aprista que consiste en jamás tomar la venganza en sus manos. Se trató de un peruano en desacuerdo contra la campaña vil lanzada por El Comercio, órgano de prensa del civilismo contra la persona de Víctor Raúl Haya de la Torre y contra los miles de afiliados con los que contaba su partido. El APRA ha sido el primer partido de masas fundado en el Perú y uno de los primeros en América Latina. Como tal es irreal esperar que pudiera controlar los movimientos de cada uno de sus más desbocados seguidores. Sin embargo el diario El Comercio siempre presto a defender los intereses del poder económico de turno lleva ya cerca de noventa años, desde los incidentes de la reforma universitaria en 1919 tratando de asesinar políticamente la figura de Haya de la Torre, aunque en los últimos años se haya resignado a contrarrestarla patrocinando la distribución de novelitas difamatorias escritas por terceros. Estamos en el 2007 y aún no lo consigue. ¿Será que el señor Hildebrandt utilizando hechos adornados de omisiones históricas e interpretaciones falaces consigue tapar la verdad con un dedo?

Los peruanos estamos ya hastiados de abrir periódicos donde al leer el editorial suenan ya los acordes negativos, la crítica corrosiva, la falta de respeto al gobierno de turno y el vergonzoso ataque personal. Abuso verbal contra el adversario político en lugar de invitación al diálogo y al debate. Injuria, difamación y fijación paranoica en los traspiés del pasado en lugar de un análisis constructivo que motive al ciudadano a involucrarse en la construcción de una nueva patria. Y lo más deplorable de todo el ataque personal porque demuestra debilidad moral y la falta total de argumentos. El Código Deontológico de la Profesión Periodística Español, que sirve como modelo para nuestro país, en su Articulo 7, parte “C” dice que el Periodista debe: “con carácter general, evitar expresiones o testimonios vejatorios o lesivos para la condición personal de los individuos y su integridad física y moral”.

Basta pues al periodismo del odio, del insulto cruel al servicio de un grupúsculo que intenta aniquilar del escenario político al oponente. Somos todos peruanos, todos queremos que la sociedad avance que la pobreza disminuya, que el terror no vuelva. Solo discrepamos en las políticas. Si el periodismo solo sirve para satanizar al adversario y ahondar aún mas la brecha que separa a los peruanos, entonces no es un periodismo útil para el país, ni para la sociedad. Estamos frente a un auténtico dragón que escupe vituperios y sirve de acicate a la aún latente ideología del terror. Vivimos épocas urgentes en las cuales el periodismo debe cumplir a carta cabal su primer compromiso que es el de respetar la verdad e informar con veracidad para así enriquecer constructivamente el debate entre ciudadanos responsables.

(1) Luis Alberto Sánchez, Haya de la Torre o el Político, p. 205

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Enamorado de la muerte

por: César Hildebrandt

DIARIO LA PRIMERA - 13/1/07

El doctor Alan García está enamorado de la muerte. Ahora dice que, aunque sea solo, luchará por imponer la pena capital a los violadores y a los terroristas. Lo que no dice es que él ya aplicó la pena de muerte informal a 261 terroristas rendidos y esgrimiendo trapos blancos. Él era el comandante supremo de las Fuerzas Armadas cuando éstas decidieron poner en práctica la doctrina de tierra arrasada que fundara años atrás el generalísimo Clemente Noel Moral, el que le echó gasolina a la hoguera de Ayacucho.

> García fue el autor intelectual y Mantilla –la bisagra con el montesinismo de aquel entonces y el de ahora– el veedor, ¿recuerdan?

> En cuanto a que "aunque sea solo", se trata de otra mentira salida de ese géiser de mentiras que es muchas veces la boca del señor presidente constitucional de la República. Él sabe que la mayoría de la gente está con la pena de muerte, que a las multitudes que lo escuchan prometiendo cosas se les haría agua la boca si aquí ahorcaran, inyectaran o balearan a los terroristas pescados infraganti (como aquellos de Ayacucho que acaban de soltar después de difamar) y, más aún, a los violadores como el Monstruo de Armendáriz, cuya culpabilidad se decretó por el testimonio de un turronero.

> Es que el doctor García, que necesita su ración de antilitio con urgencia para que la euforia no le haga una mala pasada, interpreta a las muchedumbres hambrientas como nadie. Sólo él puede entender su apetito de muerte, su preferencia por los atajos legales, sus ganas de reproducir la experiencia de Ilave –alcalde lapidado por la justicia popular– a lo largo y ancho del país, como dicen los locutores de Radio Nacional. Sólo él y Lourdes Alcorta, embajadora plenipotenciaria de la muerte, pueden captar la urgencia popular de distraerse como lo hacía el populacho francés cuando lo del Terror. Sólo el doctor García y Giampietri, ese Grau al revés, saben qué es eso de la justicia calibre 7.65 y qué el castigo de Dios con silenciador.

> ¿Qué pasa con el doctor García y la muerte?

> A su partido le fusilaron por la vía del linchamiento uniformado a unos tres mil militantes. Los apristas mataron a 18 militares del cuartel O'Donovan, a Sánchez Cerro, a los esposos Miró Quesada en 1935, a Pancho Graña en el 45 –y hay un pequeño etcétera que permanece en la ambigüedad histórica–.

> ¿Esa es la muerte de la que está enamorado el doctor García? ¿Esa es la levadura de la que emana su discurso? ¿Quiere que recordemos esos años de barbarie, cuando el Apra quería cambiar el país y mataba para lograrlo? ¿Y quiere que lo recordemos hoy, cuando, superado el quinquenio 85-90, el Apra ni mata –felizmente– ni quiere cambiar nada? ¿O será el recuerdo del grupo Rodrigo Franco, el que mató a Saúl Cantoral y estaba dirigido desde el ministerio del Interior con la anuencia presidencial, el que atormenta y aproxima a la idea de la muerte, como si de una pesadilla se tratara, al doctor García?

> Este obseso por la muerte debería preocuparse por la mortalidad infantil, que es una pena de muerte de clase. O de la muerte de los ancianos abandonados, que es una sentencia social. O la muerte lenta de los niños contaminados por el plomo minero, que es un veredicto del sistema. O de la muerte de los tuberculosos que siguen muriendo, lo que es un fallo casi arbitral del ministerio de Salud.

> Tal vez sea que, para tranquilizar su conciencia, el doctor García quisiera ver hecha ley de la república la que fue ley salvaje de sus esbirros en el Frontón, Lurigancho y Santa Bárbara. ¿Habría así una limpieza retroactiva de su memoria, doctor García?

> La pena de muerte estará siempre asociada a su inutilidad absoluta, a su crueldad siempre posible y a la estadística posibilidad de haber sido impuesta por error, racismo o apresuramiento. La pena de muerte es un asesinato estadual que ensucia el concepto mismo de la autoridad. Y, por último, la pena de muerte siempre será auspiciada por locos, fanáticos y criminales encubiertos de diversa índole.

> Cuando la revolución francesa condenó a Luis XVI a la guillotina, el diputado jacobino Louis Legendre propuso que, luego de la ejecución, el cadáver del monarca fuera dividido en 82 trozos para que cada una de las provincias de la naciente república recibiera el suyo. La moción fue rechazada por excesiva. Como nos lo recuerda Vicente Vega, Legendre había sido un hábil carnicero parisino.

> DIARIO: "LA PRIMERA" - 13/1/07