Errores y Enredos del Codigo Da Vinci
Por: Hugo Vallenas
2005
En la prensa, en la internet y también de puerta en puerta se habla y se habla de la novela El código Da Vinci. ¿Por qué no discutir el tema también nosotros?
1-El novelista y su método
La novela El código Da Vinci del estadounidense Dan Brown, fue publicada el 2003. Es una novela de misterio que relaciona un homicidio con una trama de conspiraciones secretas religiosas. Los protagonistas van descubriendo, con riesgo de sus vidas, lo que serían «secretos terribles» de la historia del cristianismo y la iglesia católica.
Aunque sólo es una historia de ficción, mucha gente toma el libro muy en serio. Esto se debe a que los personajes hacen conjeturas sobre diversos datos históricos consultando documentos que para ellos serían muy confiables. El autor, en los pasajes en que desarrolla su relato, en ningún momento confirma lo que dicen sus personajes. Pero el lector desprevenido toma toda esa información por cierta. En el periodismo este recurso es conocido como amalgama subliminal y es propio de publicistas inescrupulosos. Un verdadero escritor no tira la piedra y esconde la mano detrás de sus personajes. Nos dice claramente lo que piensa y lo que quiere que creamos.
Dan Brown igualmente abusa de la regla de credibilidad que debe imperar en toda narración, por imaginativa que sea. Las novelas desarrollan una historia ficticia, que puede ser fantasiosa y hasta mágica, pero sin abandonar una ética básica de respeto por la verdad. De lo contrario la literatura toma un rumbo delictivo. Por ejemplo, una novela sobre Santa Rosa de Lima de seguro incluirá milagros y trances espirituales, pero no puede decir que era chilena, judía conversa y descendiente de Huayna Cápac. Un verdadero novelista no puede faltar a la verdad, por más derecho a la ficción que tenga.
2-Lo que propone El Código Da Vinci
Ahora bien, Dan Brown abusa terriblemente de la buena fe de sus lectores al tirar la piedra y esconder la mano sobre temas que son muy serios y delicados. Los aspectos históricos relacionados con la fundación de las iglesias (católica, musulmana, judía, budista, etc) afectan la identidad y los sentimientos esenciales de grandes colectividades humanas. Y Jesús de Nazareth, seamos creyentes o no, visto históricamente, merece respeto. Murió por sus ideas, fundando la primera iglesia que no excluyó a los hombres según raza, nacionalidad, clase social o sexo y predicó la paz universal.
Por mal informados que estemos sobre la historia del cristianismo, tiene que sabernos a vulgar sensacionalismo que un autor pretenda hacer creer a sus lectores proposiciones como las siguientes:
–Que la iglesia cristiana primitiva nunca consideró a Jesús divino ni «hijo de Dios» y que la historia de la crucifixión, tal como la conocemos, fue un invento del emperador Constantino y el Concilio de Nicea (en el año 325), que incluyó alterar, suprimir o reescribir los evangelios.
–Que María Magdalena y Jesús se casaron, se establecieron en el sur de Francia y tuvieron una hija, de la que descienden los reyes merovingios.
–Que el Santo Grial, es decir, la copa de Jesús en la última cena, que también habría servido para recoger su sangre en la cruz, era en verdad el nombre en «código» del vientre de María Magdalena.
A partir de estas afirmaciones se añaden otras, relacionadas con la orden medieval de los caballeros templarios. Esta orden religiosa-militar de la época de las Cruzadas habría preservado los indicios sobre la verdadera historia de Jesús. Una organización secreta que existe en la actualidad, llamada Priorato de Sión, presunta heredera de los secretos de los caballeros templarios, a la que habría pertenecido Leonardo Da Vinci, conservaría las pruebas de todo esto.
3-Las fuentes consultadas por el novelista
Muchos lectores de la novela suponen que sus atrevidas afirmaciones se basaron en una seria y documentada investigación histórica. No es así. A lo largo de la novela, los personajes van mencionando sus fuentes. Son libros conocidos, que son motivo de broma entre los académicos. Que los personajes de El código Da Vinci los mencionen con solemnidad constituye una mofa del autor hacia sus lectores. Es como si en una biografía de Einstein el sabio alemán escogiera de su biblioteca un libro llamado Sea un seductor irresistible en 10 lecciones, lo mirara con recogimiento y dijera: «Debo a estas páginas mi teoría de la relatividad».
Los libros citados por Brown son, en primer lugar, un libelo feminista irresponsable: The Gnostic Gospels de Elaine Pagels; otro es una arbitraria recopilación de referencias mitológicas: The Woman’s Encyclopedia of Myths and Secrets by Barbara G. Walker. Los demás son textos sensacionalistas muy apreciados por los aficionados a lo esotérico en los supermercados: The Templar Revelation: Secret Guardians of the True Identity of Christ de Lynn Picknett y Clive Prince; Holy Blood, Holy Grail de Michael Baigent, Richard Leigh, and Henry Lincoln; y The Goddess in the Gospels: Reclaiming the Sacred Feminine and The Woman with the Alabaster Jar: Mary Magdalen and the Holy Grail, de Margaret Starbird. Todos estos libros carecen de base científica o bibliográfica respetable.
En base a los libros The Gnostic Gospels; Holy Blood, Holy Grail; y Templar Revelation, el novelista pone en boca de sus personajes la historia sobre la falsificación de los evangelios y que Jesús que no era un humilde carpintero sino un robusto y afortunado teólogo que proclamaba ser descendiente del rey David, mientras María Magdalena, su esposa, era una rica descendiente del patriarca Benjamín.
Sobre todo esto sobran las evidencias en contra. Los evangelios canónicos fueron escritos entre los años 50 y 70 (el de Mateo fue escrito en arameo el año 58 y el de Lucas en griego en el 70). Todas las transcripciones conocidas, incluidos los más antiguos fragmentos, coinciden textualmente con aquellos posteriores a Constantino. Y tienen el mismo mensaje: Jesús es presentado como el Mesías, el hijo de Dios y el Redentor. Las cartas apostólicas de San Pablo, que son más antiguas que los evangelios (la de los Corintios y la de los Filipenses datan del año 53), propagan los mismo artículos de fe.
Es también un hecho sabido que en el Concilio de Nicea (año 325), la secta de los arrianos, que pregonó la estricta humanidad de Jesús, es decir que Jesús «no era igual ni consustancial respecto al padre» (omousios), surgió recién allí contra la iglesia antigua que lo consideraba Hijo de Dios. No fue al revés. Y no hay evidencia de ninguna secta que haya defendido en el pasado la historia del matrimonio y la jubilación francesas de Jesús y Magdalena.
De Holy Blood, Holy Grail, Brown ha extraído la idea de que el término grail (grial), es la quiebra del término francés medieval sangraal (Santo Grial) en sang (sangre) y raal (royal). Sangraal sería la palabra «en código» para referirse a la «sangre» o descendencia europea de Jesús. Dicha teoría se equivoca respecto a cuándo y dónde se hablada esa forma de francés antiguo y respecto a la época en que se habría dado la mítica búsqueda del Santo Grial.
Del libro Templar Revelation, Brown deriva la idea de que los templarios eran una sociedad secreta que custodiaba el conocimiento de la verdadera misión de Jesús y los secretos de la construcción de catedrales y la simbología cósmica. Es imposible que los toscos y modestos caballeros templarios hayan sido portadores de extrañas filosofías que se remontarían a la época de las pirámides en Egipto.
Brown deriva de los libros The Woman’s Encyclopedia of Myths and Secrets y The Templar Revelation que las catedrales góticas eran representaciones ocultas de la matriz de una deidad femenina pagana, y que la entrada al templo representaba la vulva (incluido el clítoris). Dice el autor en sus propias palabras (es algo tan traído de los pelos que hay que citarlo): «(The) cathedral’s long hollow nave (was) a secret tribute to a woman’s womb...complete with receding labial ridges and a nice little cinquefoil clitoris above the doorway».
No hay ningún misterio en el diseño de las catedrales. El plano de las iglesias cristianas representa una cruz y la redondez de las naves rememora el santo sepulcro. Las iglesias románicas más antiguas, sin templarios de por medio, tenían el mismo esquema básico. Bajo el punto de vista de El código da Vinci, habría que empezar a buscar en las catedrales góticas todo tipo de similitudes con el cuerpo femenino, cuyo interior y fisiología, para ser exactos, no eran conocidos ni por los científicos hasta el siglo XVIII.
4-Errores y enredos del autor
Las divagaciones sobre los mensajes secretos en la obra de Da Vinci son igualmente absurdas. El personaje que, representando a San Juan, se inclina sobre el hombro de Jesús en La última cena es la imagen de un joven afeminado presente en otras pinturas y dibujos (se conoce su nombre y las relaciones que tuvo con el pintor) y no María Magdalena. Es igualmente bien sabido que el célebre retrato Mona Lisa representa a un personaje real, Madonna Lisa, esposa de Francesco di Bartolomeo del Giocondo y no a una imagen andrógina misteriosa. Suponer que Mona Lisa es la conjugación de dos divinidades de la fertilidad del antiguo Egipto –Amón y L’Isa (Isis en italiano, según el autor)– es una extravagancia que hace recordar cuando los detractores de los Beatles encontraban mensajes secretos tocando sus discos al revés o reuniendo las letras iniciales de los títulos (como LSD por «Lucy in the Sky with Diamonds»).
Es extraño que Brown no haya incluido en su libro otra teoría del libro The Templar Revelation: la que supone que el sudario de Turín es un autorretrato fotográfico primitivo del propio Da Vinci desnudo.
Otra mofa del autor hacia sus lectores es la mención al Priorato de Sión, pequeña organización reconocida por el gobierno francés en 1956, que sin pena ni gloria dice ser heredera de «los secretos» de templarios. Estuvo temporalmente en sus filas el controversial artista Jean Cocteau, pero no ha podido demostrar una antigüedad anterior a la II Guerra Mundial ni mucho menos que fue internacional y tuvo entre sus afiliados a Da Vinci, Isaac Newton y Victor Hugo. Es muy posible que ni sus propios integrantes se tomen muy en serio a sí mismos.
Conclusión
No podemos oponernos a que este libro se lea pero sí debemos advertir sobre su trasfondo mal intencionado y la sucesión de trampas y engaños que perpetra contra la buena fe de los lectores. Para ahondar en este tema (y practicar el inglés), se puede consultar en internet:
Dismantling The Da Vinci Code By Sandra Miesel
www.crisismagazine.com/september2003/feature1.htm
Decoding The Da Vinci Code
Michael Gleghorn
http://www.probe.org/docs/davinci.html