18 de noviembre de 2012

Víctor Raúl Haya de la Torre: El problema del indio (1927)

Víctor Raúl Haya de la Torre : El Problema del Indio 

 

Presentación preliminar

Este ensayo en tono epistolar escrito por Víctor Raúl Haya de la Torre debió haber sido escrito entre enero y mayo de 1927, como respuesta al manifiesto fundacional del así denominado “Grupo Resurgimiento” en la ciudad del Cuzco, grupo que según los historiadores tuvo una existencia muy efímera debido a la persecución. El documento ha sido escrito por Haya de la Torre desde Europa, probablemente desde Inglaterra ya que el exiliado peruano radicaba en Londres en aquel año. Va dirigido a los directores de dicho grupo indigenista y es muy probablemente anterior a la famosa polémica entre José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez, ya que el autor habría hecho alguna referencia a la misma en su mensaje. También es anterior al conocido ensayo de José Carlos Mariátegui titulado ´´El problema del indio´´ Al momento de escribir el mensaje que resume su postura, Haya de la Torre se encuentra por cuarto año consecutivo de exilio en Europa, debido a su campaña antiimperialista y en contra del gobierno civilista del entonces presidente Augusto B. Leguía.

Desde el punto de vista temático la misiva pretende contribuir a la discusión desatada en Lima en torno al problema del indio que se produjo entre setiembre de 1926 y mayo de 1927 y cuyos principales artículos aparecieron en Lima publicados por la revista Mundial y por la revista Amauta dirigida por Mariátegui. Actuaron como colaboradores de dicha revista, miembros de la vanguardia revolucionaria, poetas indigenistas que más tarde combatirían desde las filas del socialismo y del aprismo al agonizante civilismo. Algunos de ellos fueron Luis E. Valcárcel, Alejandro Peralta, Luis de Rodrigo, Miguel Ángel Urquieta, César Atahualpa Rodríguez, Ramiro Pérez Reinoso, Enrique López Albújar, Luciano Castillo, Alcides Spelucín,  Antenor Orrego y Carlos Manuel Cox. Haya de la Torre se contaba entre los corresponsales de la revista y Mariátegui a su vez se contaba entre los propagandistas de la ya fundada APRA en 1924 hasta el rompimiento ideológico de ambos producido en 1928. 

Este valioso documento publicado por primera vez en Perú en las Obras Completas de Haya de la Torre (Lima, 1975, primera edición) tiene un singular valor debido a que no había sido conocido para los estudiosos del indigenismo peruano sino hasta el momento de su publicación. Las razones de su no publicación o difusión son puramente políticas y demuestran un deseo de silenciar a uno de los voceros principales dentro del debate de la interpretación y análisis de la realidad peruana al lado del ya famoso y conocido ensayo de José Carlos Mariátegui, también titulado “El problema del indio” publicado en 1928 y que forma parte de sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Gracias a este valioso documento podemos llegar a ciertas conclusiones:

No existe conflicto entre el planteamiento de González Prada, el viejo maestro quien escribió el ensayo Nuestros Indios (1908) y el planteamiento de Haya de la Torre, su joven discípulo quien lo cita y lo complementa diez años después de su muerte. Mientras González Prada plantea que la cuestión del indio es más que una cuestión pedagógica, una cuestión económica y social; Haya de la Torre manifiesta estar de acuerdo debido a su interpretación marxista de la realidad, validando además el argumento de Luis E. Valcárcel en su afirmación que además de tratarse de una cuestión económica y social, el problema del indio es una cuestión “eminentemente internacional” que involucra a todos los países latinoamericanos con una población indígena explotada y no solamente al Perú.

Las conclusiones a las que llega el joven exiliado son dos. En primer lugar, en el Perú existen (así como en las demás naciones con población indígena de América Latina) dos instituciones socioeconómicas contrapuestas; la una en oposición a la otra desde tiempos de la colonia: el latifundio y la comunidad. La segunda idea consiste en que la lucha por el indígena peruano y americano equivale a una lucha contra el latifundio. La propiedad privada de la tierra es una institución  reñida con la propiedad colectiva de la tierra de las comunidades indígenas y tiene su expresión en el latifundio introducido por los españoles, "institución representativa de la organización social y económica extranjera española, impuesta al pueblo por los invasores" y en cambio la propiedad colectiva o comunal es "una institución representativa de la organización social y económica nacional"…"es la tradición social del Perú, es la vertebra económica de una organización que perdió el poder político que le arrebató el latifundio". Frente a esta relación dialéctica no resuelta a pesar de los más de cuatrocientos años ya transcurridos, Haya de la Torre había propuesto su tesis de  la nacionalización de tierras e industrias como tercer punto de su programa político máximo en su artículo ¿Qué es el A.P.R.A.? con el título original en inglés de What is the A.P.R.A.?, de la revista The Labour Monthly publicada en Londres en diciembre de 1926.

Para el año, 1927, época en la cual el Perú se encontraba aún muy lejos de atravesar una reforma agraria, pues una reforma por decreto recién se produciría autoritariamente  recién a partir de 1969, bajo el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado; la tesis favorable al establecimiento de cooperativas agrarias era sin duda una idea revolucionaria. Haya de la Torre resumía su visión de esta manera: “No es que pretendamos una regresión a las formas más avanzadas de su tiempo, pero primitivas hoy del comunismo incaico, para resucitarlo intacto. Pero la lucha de cuatrocientos años de la comunidad contra el latifundio y la decadencia de este, prueban históricamente que las bases de la restauración económica nacional… no podrán restablecerse sino sobre las bases de la maravillosa organización económica incásica, modernizada”  Gracias a esto queda claro que si hacemos una comparación en el tiempo entre los tres ensayos: “Nuestros Indios” de González Prada, 1908, “El problema del indio” de José Carlos Mariátegui, 1928 y “El problema del indio” de Víctor Raúl Haya de la Torre 1927; no encontramos diferencias sustanciales en cuanto al análisis del problema del indio hecha por los tres autores, aunque sí en cuanto a las recomendaciones o soluciones propuestas por cada uno de los tres pensadores, salvando las distancias del tiempo puesto que Haya de la Torre  y Mariátegui son contemporáneos mientras González Prada vivió entre 1844 y 1918.

En cuanto al ensayo de José Carlos Mariátegui que no hemos comentado aún y que comentaremos únicamente desde el nivel de análisis del problema del indio para compararlo con el de los otros dos ensayos antes citados, hemos observado que este autor plantea dos ideas que se complementan a las ya expresadas por González Prada en 1908 y por Haya de la Torre en 1927. Mariátegui coincide con González Prada y Haya de la Torre al reconocer que el problema del indio es económico y social. Su segundo planteamiento reza así: “El nuevo planteamiento consiste en buscar el problema indígena en el problema de la tierra” (se refiere al latifundio como régimen de propiedad de la tierra). En esto coincide nuevamente con González Prada quien desde 1908 denunciaba la existencia de un preeminente sistema feudal en plena República dentro de la siguiente frase: “Si en la costa se divisa un vislumbre de garantías bajo un remedo de república, en el interior se palpa la violación de todo derecho bajo un verdadero régimen feudal…Una hacienda se forma por la acumulación de pequeños lotes arrebatados a sus legítimos dueños…En resumen las haciendas constituyen reinos en el corazón de la República” (González Prada, Nuestros indios, 1908).

Por lo tanto, no se trata de un planteamiento “nuevo”, ni original a la vez que coincide con el ya expresado por Haya de la Torre desde el 23 de setiembre de 1926 en París a donde viajó para dejar organizado el comité antimperialista y célula de trabajo del APRA, hecho ratificado en su carta, dentro de la cual el indoamericano menciona, haber presentado y defendido esta tesis en su discurso fundacional de París. Esta idea que comparten tanto Haya de la Torre como Mariátegui y que en realidad es consecuencia lógica del análisis e interpretación de las ideas  expresadas por el maestro González Prada en su ensayo “Nuestros Indios" diecinueve años antes, aparece muy bien resumida por Haya en la siguiente frase: “Nuestra lucha por el indígena peruano y americano, es pues, lucha contra el latifundio”.

De todas las ideas, siempre hay una idea eje que se mantiene en el tiempo y trasciende su siglo, para luego pasar a formar parte de la historia viva y permanente de un pueblo. En el caso de Haya de la Torre y del ensayo que presentaremos a continuación rescatamos la siguiente como la más iluminada de todas: "Sostengo que la fuerza de la unidad americana no está en lo de europeo que nos envuelve, sino en lo indígena que nos arraiga” (Haya de la Torre, 1977, T1, p. 188).

 

Rocío Valencia Haya de la Torre. Diciembre de 2015.

 

    

El Problema del Indio

Por: Víctor Raúl Haya de la Torre

 

(*)Publicado en Haya de la Torre (1977) Obras Completas T.I:181-191.


Contesto al fraternal mensaje de usted con retardo. Cada vez que debo escribir al Perú, tengo que aguardar largo tiempo por la oportunidad que me permita hacer llegar mi correspondencia escapando a la inquisición postal. En ciertas ocasiones esta espera debe ser de algunos meses. Al fin me decido a entregar esta carta al azar de un buen destino. Por dos grandes razones he recibido jubilosamente el mensaje del Grupo Resurgimiento (1), porque demuestra al fin un movimiento organizado y de carácter social a favor del indio, y porque en el cuerpo dirigente de ese grupo se hallan hombres de la nueva generación como usted, compañero heroico en las obras de las Universidades Populares “Gonzales Prada”, en cuyo programa, desde hace seis años, la lucha por la reivindicación indígena ha sido uno de sus puntos esenciales.

Al ver hecho realidad un movimiento de la nueva generación cuzqueña a favor del indio, he recordado que hace siete años, -el Primer Congreso Nacional de Estudiantes, reunido en Cuzco, como un símbolo de su labor precursora-, la reivindicación material y espiritual del indígena explotado. En el espíritu de aquellos debates memorables, intento inicial de la obra magnífica de nuestra generación, triunfó el propósito de hacer de la solución del problema del indígena una tarea gloriosa de la juventud.

Por circunstancias especiales, los grandes anhelos de ese Congreso, no se cumplieron inmediatamente en su totalidad. La función de las Universidades Populares ha sido su obra central; la formación del Grupo Resurgimiento cumple evidentemente otro de los altos enunciados de aquella asamblea, que marca el principio de la definición ideológica de la nueva juventud del Perú. Mi satisfacción al informarme que en la labor directiva del Grupo Resurgimiento, se encuentran hombres de la nueva generación, de la que usted es un representativo, no se ve a una simple razón efectiva, sino a una convicción doctrinaria. La presencia de hombres jóvenes, con una nueva conciencia revolucionaria constructiva, libres de localismos primitivos y de concepciones simplistas sobre los problemas políticos sociales, implica una garantía de que movimientos de tanta importancia como el indígena no caigan en las desviaciones fáciles que empujan los sentimientos inconscientes o los provincialismos interesados.

La Causa del Indio es Causa Social, no Racial

La causa del indígena peruano –como la del ecuatoriano, boliviano, argentino, como la del

indígena todo de América que constituye el 75% de nuestra población es causa sagrada, no porque el indio sea indio, vale decir que no sea blanco, sino porque el indio en su gran mayoría es explotado. Nuestro indigenismo no es el simplista sentimental concepto racial que ante la estúpida afirmación burguesa de la inferioridad de razas, opone en un amargo grito de revancha la afirmación contradiga de que toda raza de color es superior a la blanca. Para quienes tenemos una concepción marxista o aún para los estudiantes de antropología moderna, resulta tan ridículo proclamar la superioridad de los blancos sobre los de color, como estos sobre aquellos. Nosotros concebimos el problema económicamente, clasísticamente. Nosotros sabemos que las superioridades raciales son en realidad, superioridades de orden económico.

Gonzales Prada ha escrito: “La cuestión del indio es más que una cuestión pedagógica es económica, es social” (2). Siendo económica no puede limitarse a una simple cuestión racial. No es el color lo que limita el problema. Indios por sangre hay, desde Felipillo el traidor, que son verdugos de sus hermanos de raza. ¡Cuántas veces en eso que en el Perú se llama Parlamento, en los ministerios y los tribunales, no se han sentado y se sientan hombres de piel de cobre y de conciencia negra! ¿Cuántas veces no oímos al abogadillo cobrizo súbdito del gamonal, al politicastro tránsfuga, a la piel roja servidor del civilismo, proclamar con cierto sarcasmo su indigenismo, para ostentar el derecho de exprimir, engañar explotar y corromper al indio? En mis viajes por la sierra peruana, he visto a veces gamonales de raza india, verdugos implacables, monstruos sanguinarios, sádicos tipos de asilo despedazando las carnes de los siervos, aplicándoles el Huallpacaldo y maldiciéndolos en quechua. Esos mismos déspotas de provincias, ebrios, lujuriosos y enfermizos, tipos de tragedia, van a Lima vendidos por un salario congresal, se humillan vergonzosamente, transan sin pudor y son la representación del gamonalismo serrano, sirviendo de palanca y de sostén al gamonalismo costeño. Rara vez el gamonal serrano tiene energía o capacidad para rebelarse: es perezoso, sensual y retrógrado. Cuando se rebela o lo intenta, entonces clama por el federalismo y por “regionalismo”. Pero nadie ha ayudado más al civilismo latifundista en su política de centralización y de succión nacional que el gamonal serrano, sumiso, maleable, hipócrita y cobarde, que va a Lima a satisfacer ciertas sensualidades primitivas o a asegurar las que satisface su instinto semi-animal en el feudo remoto.

“Si en la costa se divisa un vislumbre de garantía (nótese bien que esto fue escrito hace 23 años…) bajo un remedo de República, en el interior se palpa la violación de todo derecho, bajo un verdadero régimen feudal. Ahí no rigen códigos ni imperan tribunales de justicia, porque hacendados y gamonales dirimen toda cuestión, arrogándose los papeles de jueces y ejecutores de las sentencias. Las autoridades políticas, lejos de apoyar a débiles y pobres, ayudan casi siempre a ricos y fuertes. Hay regiones donde jueces de paz y gobernadores pertenecen a la servidumbre de la hacienda. ¿Qué gobernador, que subprefecto o que prefecto, osaría colocarse frente a frente a un hacendado? Copio estas palabras de la página 328 de la edición de 1924 de “Horas de Lucha”. Gonzales Prada, limeño y blanco, ha escrito páginas magníficas y acusadores, que no pueden ser olvidadas mientras no se cumpla la justicia del indio. Pero la justicia del indio explotado contra el explotador, sea indio o no. La justicia del  indio explotado contra el que le robe su tierra, le rapta su mujer, le hurta su dinero, le expolia y le tortura, le engaña y le intoxica, sea blanco o negro o rojo; que no es la piel la que hace la justicia de la causa del indio, sino el sistema económico y social que pesa sobre él, amparado por el Estado que apuntalan gamonales de costa y sierra  para mutuo reparte de las energías del pueblo peruano.

Valcárcel ha dicho, y coincidimos que el problema del indio es internacional. Para quienes hemos recorrido América, esto es absolutamente cierto. Más arriba doy un porcentaje de la raza indígena en América: 75 %de la población total. Un gran arqueólogo, Gamio, dio este dato al Congreso Panamericano Científico de Washington de hace algunos años. Una autoridad tan respetable como la de Gamio no admite disputa. El problema del indio es, pues, problema de América. Y del Perú no es solo del Sur. Es preciso recordar que, en las regiones del Centro, sufre el indio tanto como en las del Sur y díganlo si no los indígenas de Huánuco, succionados por los “liberales” señores del gamonalismo de este lado del Perú. Ancash y La Libertad, Cajamarca y Amazonas no pueden ser olivados. Como no pueden serlo los indígenas del Ecuador ni los de Colombia. Lo internacional del problema está, pues, en que no es un problema regional, sino un problema de clase. No es el sur ni del norte, ni del poniente, ni del este, es internacional. Es el indio explotado desde México (antes de la revolución) hasta Chile y la Argentina por el hacendado, gamonal o latifundista, por el señor feudal que importó España y sostiene el españolismo económico aun imperante en nuestra América. Los Felipillos, cómplices de ese españolismo y socios de la siniestra empresa de succionar a los nativos trabajadores abundan de norte a sur.

El indio americano, que en México, Colombia y Perú había llegado a lo que Joyce ha llamado “el barbarismo magnífico” (South American Archeology), con concepciones políticas y sociales realmente extraordinarias y en cuanto a los Incas se refiere, sin paralelo en su época y en todos los estados correspondientes del progreso de cualquier otro pueblo del mundo, vio detenido su camino, avanzado hacia la civilización, por imposición del feudalismo. El comunismo primitivo en el imperio incásico había avanzado hacia una organización donde no hubo pobreza porque el producto de las tierras del estado, estaba almacenado y listo para el avituallamiento de una expedición o para aliviar el hambre en cualquier rincón del imperio y la condición del Perú estuvo más cerca de los ideales de las doctrinas sociales que ningún otro país del mundo (3), sea que admitamos el concepto de Lewis Morgan (4) aceptado por Engels (5) y por Payne (6), acerca del estado medio de barbarismo de las sociedades indígenas americanas “Mexicanos, Chibchas y Peruanos, sea que admitamos la concepción bien conocida de Spengler (The Decline of the West) sobre “civilizaciones” y “culturas”, es indudables que Incas y Aztecas habían llegado a un extraordinario grado de adelanto y lo que Federico Engels, el genial compañero de Marx escribe en la obra y el capítulo citado: “La Conquista de los Españoles, cortó todo ulterior desarrollo independiente” es una verdad irrefutable.

Lucha por el Indio Igual Lucha Contra el Latifundio

Pero he de repetir siempre lo que exprese al discutir los problemas del Perú en mi discurso de 23 de setiembre pasado en París. Y lo he de repetir especialmente para el Perú, porque sé que de ese discurso solo se dieron informaciones telegráficas o postales mutiladas por el justo temor de la inquisición que sufre la Prensa. “El conflicto económico histórico del Perú desde la destrucción del estado comunista incaico, está planteado entre la Comunidad, -institución representativa de la organización social y económica nacional- y el latifundio –institución representativa de la organización social y económica extranjera española, impuesta al pueblo peruano por los invasores-. Si revisamos detenidamente la historia social del Perú desde la conquista española, nos encontramos con ese conflicto permanente: el latifundio contra la comunidad. Repito: el latifundio representa la conquista, la invasión, “los godos” y los “neogodos” de la clase dominante, en una palabra “el civilismo”; y la Comunidad representa la nación, es la tradición social del Perú, es la vertebra económica de una organización que perdió el poder político que le arrebató el latifundio, - los sistemas feudal o gamonalismo-, tuvo el poder político en el coloniaje y lo retine en la república. Latifundistas los Godos y Neogodos. El latifundio ha tenido y tiene en sus manos todas las instituciones políticas, el Estado, en una palabra. Nosotros no somos país industrial y nuestra clase capitalista o comerciante, nuestra burguesía nacional propiamente dicha es débil en sí y depende de la fuerza y del apoyo del latifundio que sostiene la clase dominante, la minoría privilegiada. De los cinco millones de hombres, probablemente – carecemos de cifras exactas- viven en el territorio nacional, no llega a un millón el número de los habitantes de las ciudades y de los villorrios. Cuatro quintas partes de la población del Perú la constituyen los labradores indígenas, escribe nuestro escritor Luis Valcárcel. La lucha entre el latifundio y la comunidad, es pues, la línea económica central del proceso histórico peruano, desde la Conquista hasta hoy. El latifundio es la base económica y el fondo de unidad clásica del civilismo.

Y hoy, como hace ocho meses, puedo repetir esos mismos conceptos, y hoy como entonces, he de recordar aquella frase de Plinio, extensiva a nuestros pueblos de América Latina: Latifundia Italiam perdiere.

Nuestra lucha por el indígena peruano y americano, es pues, lucha contra el latifundio; no es simplemente lucha de color, que blancos hay por millones oprimidos en el mundo y hombres de piel cobriza oprimen sangrientamente en el Perú y en América, en Asia o África. No se puede ni se debe desvincular el problema indígena de su carácter económico y no se debe ni se puede olvidar que Gonzales Prada hace 23 años ha dicho certeramente que “la cuestión del indio más que pedagógica es económica, es social”. “El latifundio y la comunidad no pueden coexistir”. Son instituciones opuestas, representativas de momentos históricos distintos. No es que pretendamos una regresión a las formas más avanzadas de su tiempo, pero primitivas hoy, del comunismo incaico, para resucitarlo intacto. Pero la lucha de cuatrocientos años de la Comunidad contra el Latifundio y la decadencia de este, prueban históricamente que las bases de la restauración económica nacional. La reorganización de nuestra economía desquiciada, la gran cooperativa agrícola de producción, que debe ser el Perú no podrán establecerse sino sobre las bases de la maravillosa organización económica incaica, modernizada, dotada de todos los elementos de técnica contemporánea y resguardada por el Estado, no ya de los latifundistas sino de los productores. La lucha entre el latifundio y la comunidad no puede mitigarse con decretos y leyes que nunca se cumplen. El latifundio se ha formado a expensas de la comunidad.

El latifundio peruano y americano se ha formado robando las tierras a los indígenas. En el caso del Perú esto es indudable. El territorio virgen y libre, ahí está casi tan desconocido y tan incultivado como hace quinientos años. La hacienda de hoy, el feudo, fue tierra de comunidad, parte integrante del gran estado comunista peruano del “feliz reino incaico del Tahuantinsuyo”(7).

El problema indígena, es, pues, económico, social y eminentemente internacional. Sostengo que la fuerza de la unidad americana no está en lo de europeo que nos envuelve, sino en lo indígena que nos arraiga. He insistido en esta afirmación al exponer para un periódico de Londres el punto del programa de la APRA sobre la unidad americana política y económica (8). Recogiendo el dato de Gamio, creo que si el 75% de la población de nuestra América es indígena y no cabe duda alguna de que la gran mayoría de esa población indígena constituye la clase productora, campesinos y obreros, el programa de unidad política y económica de nuestros pueblos tendrá que afirmarse sobre esa mayoría, será obra de ella. Por eso es que el problema de la unidad política americana, como lo vengo sosteniendo desde 1923 (9) es social, es clasista, es revolucionario. Y la base de esa revolución es la gran mayoría indígena americana, que comuniza el problema desde México hasta la Argentina; la mayoría indígena explotada por el latifundio, que importó la Conquista.

Nada me satisface más que ver que hombres que han andado perdidos en romanticismos

“hispanistas” lo reconocen. Manuel Ugarte me dice en una carta escrita en Niza, justamente ayer 6 de mayo: “Coincido de una manera absoluta con usted, sobre el papel que está reservado a nuestros indígenas. La América Latina no se salvará renegando de sí misma, sino afrontando sus antecedentes, responsabilizándose de su pasado”. Dejo constancia que Manuel Ugarte, es en mi modesta opinión uno de aquellos “precursores” de la lucha por la libertad y la justicia en América que inspiran más respeto y simpatía.

El Imperialismo y el Indio

Y no quiero ni puedo terminar esta carta, querido compañero, sin añadir a mis consideraciones brevemente expuestas sobre el problema del indio un punto más: el del imperialismo y sus relaciones con el indígena.

El imperialismo plantea hoy para nuestra América su problema capital. Recojo la definición del profesor norteamericano Harry Elmer Barnes, quien en sus magníficos discursos de la Conferencia Anual de la “League for Industrial Democracy” en 1926 dijo: “Imperialismo puede ser usado como un término descriptivo que implica penetración económica para la adquisición de materias primeras y mercados y para realizar inversiones financieras”(10).

Tanto la adquisición de materias primas como la conquista de mercados, como las inversiones financieras, suponen directa o indirectamente, explotación. La adquisición de materias primas se hace por medio de nuestros trabajadores, la conquista de mercados se hace buscando el dinero que ellos producen y las inversiones financieras se hacen para

redoblar los capitales invertidos con “el trabajo que no se paga” de los productores. Pero no olvidemos que el imperialismo implica, ante todo: “emigración de capitales”, de los centros que han alcanzado gran desarrollo económico hacia los países inexplotados total o parcialmente. Uno de los grandes secretos de esas inversiones de lo que vulgarmente se llama “la mano de obra barata”. En otras palabras, la posibilidad de explotar más al trabajador. Para este propósito, nuestros millones de indígenas como los colíes de China, como los parias hindúes, como los negros de África, ofrecen un inmenso contingente de brazos explotables para el imperialismo. El gran negocio de extraer materias primeras y hacer inversiones en empresas en nuestros países, está en el bajo costo de producción, en la fácil explotación de nuestros trabajadores. Como prueba en contrario daremos la del carbón inglés, magnifica calidad de combustible, pero de altísimo costo de producción, por los salarios elevados, el desarrollo de la conciencia obrera y la imposibilidad de reducir las tasas que la necesidad de sostener el sistema económico todo impone al capitalismo. En cambio, en nuestros países, donde la explotación medieval primitiva, cruel, absoluta, impera; donde el latifundista perezoso no ambiciona más que ciertas satisfacciones del instinto y contra lo provincial, o en los de mentalidad provincial, o en los de mentalidad más desarrolladas, vida sensual, placer, libertinaje, poder política, algunas veces, ese latifundista es siempre un aliado listo del disciplinado financista del imperialismo que viene a darle fácilmente dinero, que le garantiza una renta, que con sistema y con astucia saca a los trabajadores un doble rendimiento y asegura al socio una vida fácil.

No necesito extenderme más, para repetir algo que he escrito y he dicho muchas veces: el imperialismo en nuestros países tiene su aliado en el latifundista, cuya clase es dueña del poder político, y cuenta con la explotación de nuestras clases trabajadores, especialmente de nuestros trabajadores indígenas para hacer de ellos sus mejores instrumentos de explotación. El imperialismo, enemigo de nuestros países es el peor enemigo del indio. El cristianismo sajón ha logrado infiltrar muy profundamente en la clase dominante de los países donde domina, muy especialmente en los Estados Unidos, un incurable desprecio racial hace los hombres de color, negros o cobrizos. Es indiscutible que en la inmensa mayoría de los sajones prevalece esta idea.

Y siendo nuestras razas, según ellos “razas inferiores”, se deduce cierta justificación “moral” a la explotación, opresión y servidumbre de nuestros trabajadores, no solo porque son trabajadores, sino porque en su gran mayoría no son blancos, o, simplemente porque no son sajones.

 

El imperialismo, pues, trae consigo un nuevo y grandísimo peligro para nuestros indígenas. La alianza del gamonal nacional con el invasor económico extranjero, apuntala el poder de la clase dominante y pesa doblemente sobre nuestros trabajadores. En esto, el problema también es internacional, es común a todos los países de América. Igual peligro para el trabajador indígena de México, que para el del Perú, de Chile, de Bolivia, de la Argentina, de Centro América, Colombia, Brasil: para todo el 75% que constituye la mayoría de la población total de nuestra América.

Es por eso que nuestro movimiento antiimperialista, debe tener a los indígenas en las vanguardias. En el gran frente único de trabajadores manuales e intelectuales que marcha ya hacia la lucha bajo la bandera libertadora del APRA, los indios de toda América tienen un puesto con nosotros. No se puede apartar el problema indígena del imperialismo. Por eso, no se puede apartar al movimiento organizado por el Grupo Resurgimiento del gran Frente Común, que unen los cinco grandes postulados del APRA. El problema del indio del Perú como en cualquier país americano es problema económico, es problema de justicia social y esta no podrá realizarse mientras el imperialismo “última etapa del capitalismo”, amenace la soberanía política de nuestros países, está relacionado con el gran problema general que plantea el imperialismo. No hay problemas aislados sino aspectos de uno grande y común. De ahí que no pueden haber luchas aisladas, sino partes de un todo, secciones de un gran partido, divisiones de un gran ejército, filas de un gran frente: del frente único de trabajadores manuales e intelectuales de América: “contra el imperialismo yanqui, por la unidad de los pueblos de América, para la realización de la justicia social”.

Con mi saludo fraternal y mi palabra de aliento al Grupo va con mi abrazo a Ud. en lengua de los hijos del sol: “Huaina-cuna juyanaychuichis”.

 

Referencias

González Prada, M. (1908). Nuestros indios en Horas de Lucha.  indios. https://www.marxists.org/espanol/gonzalez_prada/indios.htm 

Haya de la Torre, V. R. (1977) Ed. Juan Mejía Baca. Obras Completas. T.I:181-191.

Mariátegui, J.C. (2005). Siete ensayos de la realidad peruana. El Comercio S.A. Primera publicación 1928. 

Índice de notas

 (1) En 1927, un núcleo de trabajadores intelectuales fundó en la histórica ciudad del Cuzco el “Grupo Resurgimiento” de efímera existencia, pues, terminó como hubo de terminar en el Perú toda asociación genuinamente peligrosa para el régimen que presidiera Leguía durante once años; todos sus más conspicuos directores fueron apresados. Tal incidencia motivo que en el Perú jamás llegara a publicarse el presente documento. Empero, venciendo los obstáculos que se levantaron en contra de él puesto que ni en el Perú ni fuera del Perú, nunca llego a hacerse la mínima mención, logramos insertarlo en el presente volumen con la seguridad de que al hacerlo salvamos uno de los más interesantes ensayos sobre el problema del indio en el Perú; tanto más interesante, cuanto que la fecha en que fuera escrito coloca a Haya de la Torre, a la vanguardia del pensamiento revolucionario, en el primer puesto. Nota de los editores (1ª edición)

(2)“Horas de Lucha” página 337, edición 1924.

(3) “South American Archeology” by Thomas A. Joyce M. A. Cap. V pag. 104, Edit. Macmillan, London 1912.

(4) “Ancient Society”, parte I, pag. 12

(5) “The Origin of the Family” parte 1.

(6) “The New World Called America”, preface vol. 1.

(*) Zaldivar. Plinio (usualmente referido como “Plinio el Viejo”) uso esta frase para referirse al desastre de los latifundios que Roma había adquirido por sus conquistas en las primeras décadas del primer milenio. Plinio criticaba el hecho que las tierras conquistadas estaban siendo trabajadas por esclavos y no por los granjeros que habían levantado el imperio Romano (Naturalis Historia. 13.92, 17.192, 18.17, 18.35, 18.261 and 18.296). Víctor Raúl entendía que el problema del latifundio en el Perú era similar al problema del latifundio en la Roma de Tito Vespasiano.

(7) “The World of the Incas” Otfrid von Hanstein, Cap VII, London Allen.

(8) “The Anglo South American Guide” Abril 1927.

(9) “Córdoba”, República Argentina, Febrero 18, 1924.

(10) “New Tactics in Social Conflict” Symposium edited by H.W Leidler and Norman Thomas.  Vanguard Press New York, 1926, pag. 158-159. 

26 de agosto de 2012

HOMENAJE A VÍCTOR RAÚL A LOS 77 AÑOS DE LA GLORIOSA REVOLUCIÓN DE TRUJILLO


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Por: Rocío Valencia H.
Trujillo, 16 de julio 2009

Tu vida podría ser equiparada a un ciclón de viento que pasó por el Perú revolucionando el espíritu de todo el continente, elevando a misión sagrada las esperanzas de un pueblo sediento de fe y hambriento de justicia. Fuiste ungido desde muy joven para ejercer un liderazgo de servicio, para liberar a los pobres que es el pueblo elegido por Dios.

En el corazón de los Andes, en el interior de las cuevas rocosas que baña el Pacífico a todo lo largo de su litoral, en el silbido de aquel viento que transporta de un kilómetro a otro las dunas de nuestras costas. En el rumor de las aguas de nuestro majestuoso Amazonas se siguen oyendo los ecos de tu predicamento:

“¡Universidad popular!”, “¡Comunidad Interamericana de Naciones!”, “¡educación gratuita!”, “¡alianza de obreros manuales e intelectuales!”, “¡congreso económico nacional”, “Navidad del Niño del Pueblo!”, “¡pan y libertad!”

¿Dónde te has ido abogado de los pobres, defensor de las minorías explotadas, adalid de la democracia, precursor de la jornada de las ocho horas de trabajo y de la revolución agraria?

¿Dónde tu voz iluminada, tus palabras proféticas, tu dedo índice denunciando siempre los abusos de las tiranías, el vicio y la mediocridad?, ¿dónde tu sonrisa amplia y tu pecho siempre abierto a perdonar a tus más feroces enemigos sin rencor, ni tampoco deseos de venganza?

¿Dónde encontrar tu risa contagiosa cuya música desarmaba al más resentido de tus opositores; dónde las conferencias magistrales de maestro siempre voluntario y edificador de conciencias? ¿En qué suelo resuenan ahora tus pasos grandes y decididos. Firmes como tu deseo de librar de su esclavitud a este país lleno de contradicciones y de divisiones milenarias llamado Perú?

He partido en peregrinación espiritual a tu tierra del norte, Trujillo y las murallas de Chan-Chan me han revelado la tragedia.

Cinco mil almas no olvidan el lugar donde entregaron sus vidas por el ideal libertario de conquistar una república de pan con libertad, en los días de las revoluciones libertarias de Trujillo, Cajabamba, Huaraz y Ayacucho, cuando el tirano de turno mandaba fusilar a campesinos y trabajadores intelectuales por el pecado de soñar en un Perú con igualdad y libertad.

Era noche de luna plena cuando camino a Moche he llegado a la Huaca de la Luna y al alzar mi vista he leído el nombre del “APRA” inscrito en lo alto de una montaña, inscrito por el halito sagrado de aquellos héroes del pueblo que lograron escapar del encono oligarca y del oprobioso fusilamiento militar.

¿Dónde estás Víctor Raúl?, seguía gritando mi frente, mis ojos voraces por descubrir la verdad.

Luego de un largo caminar de costa a sierra, de oriente a occidente, de comunidad en comunidad del inmenso Perú indagando por “el señor APRA”, me he detenido a descansar en Sihuas. Un campesino muy anciano me ha mostrado la foto de tu hermano Cucho quien luchó hace 77 años al lado del pueblo y escapó a la sierra, sufriendo cárcel por larguísimos diez años. –Este es el compañero Cucho- me ha señalado marcando con su dedo la foto grabada en un libro. Con una sonrisa llena de esperanza y mirando al cielo con los ojos nublados por las lágrimas ha gritado: "¡El APRA nunca muere!"

En sus ojillos grandes y rasgados, como los de los huacos Mochikas se vislumbraba la esperanza del militante de un partido con 80 años de existencia, pero también un credo moral. Mi peregrinación había terminado. ME ENCONTRABA FRENTE A TÚ PUEBLO: RECUERDO GIGANTE, TESTIMONIO VIVO, INDISCUTIBLE HERENCIA DE TU TRABAJO HUMANITARIO Y MENSAJE MORAL EN EL TIEMPO. Todo hablaba de tí en Trujillo: las grandes avenidas, las plazas, los parques, las escuelas y los monumentos. Tu nombre había quedado cincelado en la piedra de estos pueblos del norte del Perú y tu amor grabado en las conciencias. La gran piedra en el cementerio de Miraflores que señala el punto exacto de descanso eterno para tus restos, no era la única marca de tu presencia insondable. Vivías imperecedero, en el recuerdo de los ancianos; vivías en las historias y fantasías de los niños; vivías en la memoria colectiva de un pueblo.

Padre te llaman las nuevas generaciones revolucionarias, "político" los intelectuales, maestro los estudiantes; "Jefe" los apristas y Víctor Raúl, el peruanista más notable del siglo XX todos los peruanos. Eres al final nuestro faro, nuestro ejemplo, nuestro guía y el padre de una patria mestiza  liberada. Al grito de “Indoamérica para los indoamericanos” te seguiremos porque hay amor a nuestra patria grande y hay amor a nuestra gente en tus enseñanzas.

Víctor Raúl, tribuno del pueblo, has entrado a la eternidad por la avenida más grande, aquella que sólo pisan los inmortales. Aquellos seres capaces de desprenderse de sus necesidades materiales y ambiciones personales para ejercer un liderazgo de entrega y sacrificio total a los demás.

Nuestros nombres pasarán y nuestras generaciones pasarán, pero tu nombre y tus nobles ideales no pasarán hasta que por fin se funde en el Perú una república de justicia social con democracia política y democracia económica que coloque al ser humano al centro de todas las demás metas del gobierno. Metas por las cuales luchaste junto con Sánchez, Cox, Seoane, Heysen, Townsend, Priale y tantos compañeros y mártires cuyas ánimas acompañan y abren el paso para la redención del indio en este nuevo milenio. Un día la bandera de tu soñada Indoamérica flameara desde México hasta la Patagonia. Aquel día todo aprista indoamericano tendrá los ojos fijos en el cielo, observando el vuelo del cóndor majestuoso que se convertirá a partir de entonces en el símbolo de una patria más grande recién conquistada.

Pichón de cóndor, como bien te llamó nuestro querido poeta César Vallejo, surcaste nuestros cielos hace ya varios decenios y sin embargo tus palabras de fe y tu mensaje de unión entre todos los peruanos y entre todos los latinoamericanos, son voz de orden y acción para las generaciones nuevas y aquellas que vendrán. ¡Te rendimos homenaje desde el fondo de nuestros corazones y al grito de Víctor Raúl, como al clamor de las campanas, te contestamos ahora y siempre: ¡Presente!, ¡Haya vive!, ¡Haya no ha muerto!, ¡Haya vencerá!.

"Espero que mi muerte sirva para unir más a los apristas" Víctor Raúl Haya de la Torre.