26 de agosto de 2012

HOMENAJE A VÍCTOR RAÚL A LOS 77 AÑOS DE LA GLORIOSA REVOLUCIÓN DE TRUJILLO


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Por: Rocío Valencia H.
Trujillo, 16 de julio 2009

Tu vida podría ser equiparada a un ciclón de viento que pasó por el Perú revolucionando el espíritu de todo el continente, elevando a misión sagrada las esperanzas de un pueblo sediento de fe y hambriento de justicia. Fuiste ungido desde muy joven para ejercer un liderazgo de servicio, para liberar a los pobres que es el pueblo elegido por Dios.

En el corazón de los Andes, en el interior de las cuevas rocosas que baña el Pacífico a todo lo largo de su litoral, en el silbido de aquel viento que transporta de un kilómetro a otro las dunas de nuestras costas. En el rumor de las aguas de nuestro majestuoso Amazonas se siguen oyendo los ecos de tu predicamento:

“¡Universidad popular!”, “¡Comunidad Interamericana de Naciones!”, “¡educación gratuita!”, “¡alianza de obreros manuales e intelectuales!”, “¡congreso económico nacional”, “Navidad del Niño del Pueblo!”, “¡pan y libertad!”

¿Dónde te has ido abogado de los pobres, defensor de las minorías explotadas, adalid de la democracia, precursor de la jornada de las ocho horas de trabajo y de la revolución agraria?

¿Dónde tu voz iluminada, tus palabras proféticas, tu dedo índice denunciando siempre los abusos de las tiranías, el vicio y la mediocridad?, ¿dónde tu sonrisa amplia y tu pecho siempre abierto a perdonar a tus más feroces enemigos sin rencor, ni tampoco deseos de venganza?

¿Dónde encontrar tu risa contagiosa cuya música desarmaba al más resentido de tus opositores; dónde las conferencias magistrales de maestro siempre voluntario y edificador de conciencias? ¿En qué suelo resuenan ahora tus pasos grandes y decididos. Firmes como tu deseo de librar de su esclavitud a este país lleno de contradicciones y de divisiones milenarias llamado Perú?

He partido en peregrinación espiritual a tu tierra del norte, Trujillo y las murallas de Chan-Chan me han revelado la tragedia.

Cinco mil almas no olvidan el lugar donde entregaron sus vidas por el ideal libertario de conquistar una república de pan con libertad, en los días de las revoluciones libertarias de Trujillo, Cajabamba, Huaraz y Ayacucho, cuando el tirano de turno mandaba fusilar a campesinos y trabajadores intelectuales por el pecado de soñar en un Perú con igualdad y libertad.

Era noche de luna plena cuando camino a Moche he llegado a la Huaca de la Luna y al alzar mi vista he leído el nombre del “APRA” inscrito en lo alto de una montaña, inscrito por el halito sagrado de aquellos héroes del pueblo que lograron escapar del encono oligarca y del oprobioso fusilamiento militar.

¿Dónde estás Víctor Raúl?, seguía gritando mi frente, mis ojos voraces por descubrir la verdad.

Luego de un largo caminar de costa a sierra, de oriente a occidente, de comunidad en comunidad del inmenso Perú indagando por “el señor APRA”, me he detenido a descansar en Sihuas. Un campesino muy anciano me ha mostrado la foto de tu hermano Cucho quien luchó hace 77 años al lado del pueblo y escapó a la sierra, sufriendo cárcel por larguísimos diez años. –Este es el compañero Cucho- me ha señalado marcando con su dedo la foto grabada en un libro. Con una sonrisa llena de esperanza y mirando al cielo con los ojos nublados por las lágrimas ha gritado: "¡El APRA nunca muere!"

En sus ojillos grandes y rasgados, como los de los huacos Mochikas se vislumbraba la esperanza del militante de un partido con 80 años de existencia, pero también un credo moral. Mi peregrinación había terminado. ME ENCONTRABA FRENTE A TÚ PUEBLO: RECUERDO GIGANTE, TESTIMONIO VIVO, INDISCUTIBLE HERENCIA DE TU TRABAJO HUMANITARIO Y MENSAJE MORAL EN EL TIEMPO. Todo hablaba de tí en Trujillo: las grandes avenidas, las plazas, los parques, las escuelas y los monumentos. Tu nombre había quedado cincelado en la piedra de estos pueblos del norte del Perú y tu amor grabado en las conciencias. La gran piedra en el cementerio de Miraflores que señala el punto exacto de descanso eterno para tus restos, no era la única marca de tu presencia insondable. Vivías imperecedero, en el recuerdo de los ancianos; vivías en las historias y fantasías de los niños; vivías en la memoria colectiva de un pueblo.

Padre te llaman las nuevas generaciones revolucionarias, "político" los intelectuales, maestro los estudiantes; "Jefe" los apristas y Víctor Raúl, el peruanista más notable del siglo XX todos los peruanos. Eres al final nuestro faro, nuestro ejemplo, nuestro guía y el padre de una patria mestiza  liberada. Al grito de “Indoamérica para los indoamericanos” te seguiremos porque hay amor a nuestra patria grande y hay amor a nuestra gente en tus enseñanzas.

Víctor Raúl, tribuno del pueblo, has entrado a la eternidad por la avenida más grande, aquella que sólo pisan los inmortales. Aquellos seres capaces de desprenderse de sus necesidades materiales y ambiciones personales para ejercer un liderazgo de entrega y sacrificio total a los demás.

Nuestros nombres pasarán y nuestras generaciones pasarán, pero tu nombre y tus nobles ideales no pasarán hasta que por fin se funde en el Perú una república de justicia social con democracia política y democracia económica que coloque al ser humano al centro de todas las demás metas del gobierno. Metas por las cuales luchaste junto con Sánchez, Cox, Seoane, Heysen, Townsend, Priale y tantos compañeros y mártires cuyas ánimas acompañan y abren el paso para la redención del indio en este nuevo milenio. Un día la bandera de tu soñada Indoamérica flameara desde México hasta la Patagonia. Aquel día todo aprista indoamericano tendrá los ojos fijos en el cielo, observando el vuelo del cóndor majestuoso que se convertirá a partir de entonces en el símbolo de una patria más grande recién conquistada.

Pichón de cóndor, como bien te llamó nuestro querido poeta César Vallejo, surcaste nuestros cielos hace ya varios decenios y sin embargo tus palabras de fe y tu mensaje de unión entre todos los peruanos y entre todos los latinoamericanos, son voz de orden y acción para las generaciones nuevas y aquellas que vendrán. ¡Te rendimos homenaje desde el fondo de nuestros corazones y al grito de Víctor Raúl, como al clamor de las campanas, te contestamos ahora y siempre: ¡Presente!, ¡Haya vive!, ¡Haya no ha muerto!, ¡Haya vencerá!.

"Espero que mi muerte sirva para unir más a los apristas" Víctor Raúl Haya de la Torre.