30 de enero de 2009

Cuando el antiaprismo se convierte en antiperiodismo, Sr. Hildebrandt

Cuando el antiaprismo se convierte en antiperiodismo, Sr. Hildebrandt


Escribe: Rocío Valencia H.

Lima, 27 de enero del 2007

El artículo del señor Hildebrandt en La Primera del 13 de este mes no es un artículo en torno a la pena de muerte. A juzgar por el título: “Enamorado de la muerte” es otra más de sus sornas antiapristas. Un panfletín de opinión en el cual una vez más el periodista manipula la historia con el único propósito de insultar al presidente García Pérez y de criticar su gobierno mientras intenta ensuciar con insinuaciones crueles la historia heroica y sacrificada del pueblo aprista peruano. A esta actividad se dedica el señor Hildebrandt desde hace ya casi tres décadas. Una obsesión fanática que ha ido en aumento desde el triunfo del partido aprista en el 2006. Mucha tinta negra ha corrido ya, financiada por los dos grupos extremistas que más temen que el pueblo peruano conozca la verdad acerca del pensamiento hayadelatorriano y la historia del APRA: la extrema derecha cuyo interés es defender los intereses económicos de una clase y la izquierda atea y marxista sin verdadero arraigo en el corazón del pueblo peruano que ve al APRA con celo y envidia. Habría que preguntarse para cual de los dos trabaja el señor Hildebrandt.

Haya de la Torre es grande entre otras cosas por haber propugnado siempre el perdón de sus adversarios a quienes se negó tajantemente a llamar enemigos y prefirió llamar simplemente oponentes políticos. El partido aprista no dio jamás orden alguna de asesinar a nadie ya que Haya de la Torre fue por encima de todo, un político, en toda la magnitud y sentido de esta palabra. Los agravios, amenazas, ofertas de puestos públicos de parte de presidentes que no comulgaban con sus ideas políticas como Leguía pronto se convirtieron en torturas, encarcelamientos arbitrarios y oprobiosas matanzas que violaban todos los derechos humanos bajo regímenes como el del Gral. Sánchez Cerro (1931-1933) sucedido por el del Gral. Benavides (1933-1939). Sin embargo nunca nada de esto quebrantó, ni siquiera por un segundo su credo en la paz y en la negociación civilizada. “Ni venganza, ni amenaza están inscritas en las banderas del aprismo: solo queremos y realizaremos justicia” declararía el jefe del aprismo el 8 de octubre de 1931, cuatro días después del atentado que sufriera el local central de su joven partido en Lima, en manos de un grupo del partido civilista durante la campaña presidencial de 1931.

La revolución de Trujillo de julio de 1932 es tal vez el más claro ejemplo de cuán lejos podía llegar la crueldad sádica de este régimen del terror civilista dueño de nuestra joven república con tal de aplastar las voces de compatriotas que se sublevaban en pos de la justicia social y de una democracia real. La valentía alegre y piadosa con la que estos 44 peruanos entregaron sus pechos desnudos al fusil en Chan-Chan, con el brazo izquierda en alto y al son de la marsellesa aprista sólo es comparable al martirio de los primeros cristianos en la Roma de los primeros siglos después de Cristo. Con la paz y la tranquilidad que entrega su vida quien sabe que tiene las manos limpias, el corazón puro y la fe puesta en un Dios que hará justicia y limpiará con la luz de la verdad la infamia humana más allá de esta vida. 4,000 apristas fueron masacrados en la revolución de Trujillo. Revolución espontánea que fue un grito de protesta contra los asesinatos de campesinos inocentes en los fundos de Paiján y Chocope días antes de la toma del poder del Gral. Sánchez Cerro por militares. Fue un rotundo no al fraude electoral de diciembre de 1931 y al atentado de asesinar a Víctor Raúl en Trujillo el 24 de diciembre de 1931. La revolución fue también un acto de valentía cívica para detener el atropello de este régimen sancho-civilista contra la democracia. El 17 de febrero habían sido detenidos por tropas armadas en la propia sala de sesiones del Congreso 23 de los 27 integrantes de la célula aprista. El 6 de mayo había sido detenido y encarcelado Víctor Raúl en Lima cuya vida planeaban cegar para siempre los tiranos. El 8 de julio fue bombardeado cobardemente, el pueblo trujillano que acudía en masa a los funerales de los caídos en el combate del cuartel O’Donovan.

Tal y como lo recuerda el Dr. Luis Alberto Sánchez, tres veces rector universitario de San Marcos, historiador, profesor y estadista en su libro Haya de la Torre o El Político: “El gran esfuerzo (para el APRA) de aquellos días era refrenar a las masas y conducirlas a la lucha legal” (1) Pueblos como el de Trujillo y el de Huaraz que se sublevó contra la tiranía en agosto de 1932 son orgullo de nuestra recién adquirida democracia que ojalá nuestro Congreso algún día muy cercano decida honrar declarando las fechas feriado nacional.

En cuanto al asesinato de los esposos Miro Quesada en 1935, el señor Hildebrandt debe saber mejor que nadie que se trató de un acto deplorable que obedeció a la iniciativa aislada de un joven que nada tenía que ver con la dirigencia del partido que se encontraba en la clandestinidad, detenida o deportada. Si era aprista nominalmente o no es algo muy discutible, no había entendido lo fundamental de la moral aprista que consiste en jamás tomar la venganza en sus manos. Se trató de un peruano en desacuerdo contra la campaña vil lanzada por El Comercio, órgano de prensa del civilismo contra la persona de Víctor Raúl Haya de la Torre y contra los miles de afiliados con los que contaba su partido. El APRA ha sido el primer partido de masas fundado en el Perú y uno de los primeros en América Latina. Como tal es irreal esperar que pudiera controlar los movimientos de cada uno de sus más desbocados seguidores. Sin embargo el diario El Comercio siempre presto a defender los intereses del poder económico de turno lleva ya cerca de noventa años, desde los incidentes de la reforma universitaria en 1919 tratando de asesinar políticamente la figura de Haya de la Torre, aunque en los últimos años se haya resignado a contrarrestarla patrocinando la distribución de novelitas difamatorias escritas por terceros. Estamos en el 2007 y aún no lo consigue. ¿Será que el señor Hildebrandt utilizando hechos adornados de omisiones históricas e interpretaciones falaces consigue tapar la verdad con un dedo?

Los peruanos estamos ya hastiados de abrir periódicos donde al leer el editorial suenan ya los acordes negativos, la crítica corrosiva, la falta de respeto al gobierno de turno y el vergonzoso ataque personal. Abuso verbal contra el adversario político en lugar de invitación al diálogo y al debate. Injuria, difamación y fijación paranoica en los traspiés del pasado en lugar de un análisis constructivo que motive al ciudadano a involucrarse en la construcción de una nueva patria. Y lo más deplorable de todo el ataque personal porque demuestra debilidad moral y la falta total de argumentos. El Código Deontológico de la Profesión Periodística Español, que sirve como modelo para nuestro país, en su Articulo 7, parte “C” dice que el Periodista debe: “con carácter general, evitar expresiones o testimonios vejatorios o lesivos para la condición personal de los individuos y su integridad física y moral”.

Basta pues al periodismo del odio, del insulto cruel al servicio de un grupúsculo que intenta aniquilar del escenario político al oponente. Somos todos peruanos, todos queremos que la sociedad avance que la pobreza disminuya, que el terror no vuelva. Solo discrepamos en las políticas. Si el periodismo solo sirve para satanizar al adversario y ahondar aún mas la brecha que separa a los peruanos, entonces no es un periodismo útil para el país, ni para la sociedad. Estamos frente a un auténtico dragón que escupe vituperios y sirve de acicate a la aún latente ideología del terror. Vivimos épocas urgentes en las cuales el periodismo debe cumplir a carta cabal su primer compromiso que es el de respetar la verdad e informar con veracidad para así enriquecer constructivamente el debate entre ciudadanos responsables.

(1) Luis Alberto Sánchez, Haya de la Torre o el Político, p. 205

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Enamorado de la muerte

por: César Hildebrandt

DIARIO LA PRIMERA - 13/1/07

El doctor Alan García está enamorado de la muerte. Ahora dice que, aunque sea solo, luchará por imponer la pena capital a los violadores y a los terroristas. Lo que no dice es que él ya aplicó la pena de muerte informal a 261 terroristas rendidos y esgrimiendo trapos blancos. Él era el comandante supremo de las Fuerzas Armadas cuando éstas decidieron poner en práctica la doctrina de tierra arrasada que fundara años atrás el generalísimo Clemente Noel Moral, el que le echó gasolina a la hoguera de Ayacucho.

> García fue el autor intelectual y Mantilla –la bisagra con el montesinismo de aquel entonces y el de ahora– el veedor, ¿recuerdan?

> En cuanto a que "aunque sea solo", se trata de otra mentira salida de ese géiser de mentiras que es muchas veces la boca del señor presidente constitucional de la República. Él sabe que la mayoría de la gente está con la pena de muerte, que a las multitudes que lo escuchan prometiendo cosas se les haría agua la boca si aquí ahorcaran, inyectaran o balearan a los terroristas pescados infraganti (como aquellos de Ayacucho que acaban de soltar después de difamar) y, más aún, a los violadores como el Monstruo de Armendáriz, cuya culpabilidad se decretó por el testimonio de un turronero.

> Es que el doctor García, que necesita su ración de antilitio con urgencia para que la euforia no le haga una mala pasada, interpreta a las muchedumbres hambrientas como nadie. Sólo él puede entender su apetito de muerte, su preferencia por los atajos legales, sus ganas de reproducir la experiencia de Ilave –alcalde lapidado por la justicia popular– a lo largo y ancho del país, como dicen los locutores de Radio Nacional. Sólo él y Lourdes Alcorta, embajadora plenipotenciaria de la muerte, pueden captar la urgencia popular de distraerse como lo hacía el populacho francés cuando lo del Terror. Sólo el doctor García y Giampietri, ese Grau al revés, saben qué es eso de la justicia calibre 7.65 y qué el castigo de Dios con silenciador.

> ¿Qué pasa con el doctor García y la muerte?

> A su partido le fusilaron por la vía del linchamiento uniformado a unos tres mil militantes. Los apristas mataron a 18 militares del cuartel O'Donovan, a Sánchez Cerro, a los esposos Miró Quesada en 1935, a Pancho Graña en el 45 –y hay un pequeño etcétera que permanece en la ambigüedad histórica–.

> ¿Esa es la muerte de la que está enamorado el doctor García? ¿Esa es la levadura de la que emana su discurso? ¿Quiere que recordemos esos años de barbarie, cuando el Apra quería cambiar el país y mataba para lograrlo? ¿Y quiere que lo recordemos hoy, cuando, superado el quinquenio 85-90, el Apra ni mata –felizmente– ni quiere cambiar nada? ¿O será el recuerdo del grupo Rodrigo Franco, el que mató a Saúl Cantoral y estaba dirigido desde el ministerio del Interior con la anuencia presidencial, el que atormenta y aproxima a la idea de la muerte, como si de una pesadilla se tratara, al doctor García?

> Este obseso por la muerte debería preocuparse por la mortalidad infantil, que es una pena de muerte de clase. O de la muerte de los ancianos abandonados, que es una sentencia social. O la muerte lenta de los niños contaminados por el plomo minero, que es un veredicto del sistema. O de la muerte de los tuberculosos que siguen muriendo, lo que es un fallo casi arbitral del ministerio de Salud.

> Tal vez sea que, para tranquilizar su conciencia, el doctor García quisiera ver hecha ley de la república la que fue ley salvaje de sus esbirros en el Frontón, Lurigancho y Santa Bárbara. ¿Habría así una limpieza retroactiva de su memoria, doctor García?

> La pena de muerte estará siempre asociada a su inutilidad absoluta, a su crueldad siempre posible y a la estadística posibilidad de haber sido impuesta por error, racismo o apresuramiento. La pena de muerte es un asesinato estadual que ensucia el concepto mismo de la autoridad. Y, por último, la pena de muerte siempre será auspiciada por locos, fanáticos y criminales encubiertos de diversa índole.

> Cuando la revolución francesa condenó a Luis XVI a la guillotina, el diputado jacobino Louis Legendre propuso que, luego de la ejecución, el cadáver del monarca fuera dividido en 82 trozos para que cada una de las provincias de la naciente república recibiera el suyo. La moción fue rechazada por excesiva. Como nos lo recuerda Vicente Vega, Legendre había sido un hábil carnicero parisino.

> DIARIO: "LA PRIMERA" - 13/1/07

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