Rocío Valencia Haya de la Torre
Integrante del Taller “Antenor Orrego”
(Este texto fue publicado como prólogo del libro póstumo Poesía Selecta de Alberto Valencia Cárdenas)
IV Encuentro Ideológico Político y VIII Convención Regional Juvenil
"Wilfredo Huaita Núñez", Pausa, 8 y 9 de Mayo del 2009.

Alberto Valencia en París, al lado del amor de su vida y su eterna esposa, Alira Haya de la Torre de Valencia, sobrina carnal y ahijada de Víctor Raúl Haya de la Torre, con quien se casó en febrero de 1966.
¿Alguien ha visto a un experto jinete cayendo de su caballo en pleno galope? Es difícil imaginar cómo un valiente guerrero, un luchador infatigable de la justicia y de la paz, un líder temido y temerario, pueda alguna vez caerse para ya no levantarse. El cuerpo cae porque le faltan las fuerzas, pero el verbo sigue vibrando atrevido y el espíritu, afilado como un cóndor, alza vuelo hacia la eternidad desde donde nos inspira y dirige, a través de hilos invisibles, hacia el cumplimiento de sus ideales más nobles.
La madrugada del 3 de marzo queda a partir de ahora inscrita en los anales eternos ya que en esa mañana, un tribuno del pueblo, apóstol del evangelio aprista, un luchador sin tregua como lo llamó nuestro amigo Hugo Vallenas, ha tocado las puertas del cielo para sentar sus cuarteles eternos al lado de sus entrañables maestros Víctor Raúl, Ramiro y Luis Alberto.

Alberto Valencia (segundo desde la izquierda), al lado de Luis Alberto Sánchez y Víctor Raúl en Montevideo, durante el Congreso de Desterrados Apristas de 1954. También está Ricardo Temoche y de cuclillas vemos a Absalón Pavón.
Ese luchador entusiasta y combativo, rumiador incansable de sueños y proyectos que muchas veces generó sentimientos encontrados. Ese ayacuchano indoblegable que rechazó el Ministerio del Interior durante el gobierno de Alan García porque el cargo no le iba a permitir servir como el quería a tiempo completo al pueblo ayacuchano. Admirado y amado por algunos, malentendido y rehuido por otros, respetado al final por sus más ensañados enemigos tuvo siempre un ideal muy alto de amor y servicio a los demás, un ideal de cambiar al Perú en un país más justo donde el pueblo y en especial los niños y jóvenes de su pueblo tuvieran un pan que llevarse a la boca, una educación digna y fueran en el futuro hombres libres, orgullosos de su tierra y de sus orígenes lejos de la violencia, la pobreza y la marginación. Se ha hablado del aprista, del poeta y del luchador social que en los últimos años abogó por los derechos de los ex-parlamentarios. Como hija, me toca tal vez hablar un poco más del hombre.
Él era un hombre paternalista y desprendido, protector de los desvalidos dentro y fuera de la casa. No podía soportar el abuso, la injusticia y el dolor de los más débiles sin hacer algo al respecto. Hacia él venían familias y a veces comunidades enteras de Ayacucho en búsqueda del defensor, del abogado y también del amigo.

Alberto Valencia al lado del recordado líder aprista Ramiro Prialé en Huancayo, durante la campaña electoral de 1962.
Brindó generoso sus mejores esfuerzos mientras fue diputado por dicho departamento en el periodo 1985 y 1990 y luego durante el período 1990 y abril de 1992, mes en el cual el ex-presidente Fujimori clausuró el Congreso de la República. Su protección y ayuda incondicional continuaría hasta el final de su vida, desde el calor de su hogar, donde recibía a los amigos, familias y delegaciones de Ayacucho que venían a la capital a visitarlo y pedirle orientación y consejo.
Recuerdo marzo del año 1992, cuando viajó a visitarme a la Universidad Complutense de Madrid donde yo estudiaba. En dicha oportunidad le presenté al profesor Rafael Calduch Cervera de la facultad de Ciencias Políticas, y frente a un centenar de estudiantes de todos los rincones de América Latina y España pronunció un discurso electrizante acerca de la lucha antiterrorista en el Perú, lucha en la cual él participó activamente desde el gobierno y debido a la cual sufrió ataques y un atentado contra su vida en un hotel de Huamanga en 1989. Fue conocido por su pluma crítica y sus columnas a veces lapidarias, siempre contestatarias. Ganó el premio al mejor periodista en Santiago en dos oportunidades, 1952 y en 1954, y en una de ellas recibió el galardón de manos del brillante orador y parlamentario aprista, Manuel Seoane Corrales, entonces también en el exilio.

El «Cachorro» Manuel Seoane Corrales, padre del periodismo indoamericano, haciendo entrega del Premio Camilo Henríquez al gran vate ayacuchano Alberto Valencia, durante la ceremonia convocada por el Círculo de Periodistas de Santiago de Chile en 1952.
Se le conoce en su faceta de escritor y de poeta más que en la de político y orador, sin embargo fue las dos cosas, un artífice de la palabra capaz de criticar con la exactitud del dardo más agudo y de exaltar con la belleza del verso más fino. Amó sus raíces ayacuchanas entrañablemente y volvió a su tierra a ver a sus ahijados y miles de amigos todos los años. Por eso el día que Huamanga lo condecoró como Hijo Predilecto de dicha ciudad en 1986, pronunció estas palabras:
«He trabajado, he luchado, he cantado y he amado bravamente porque pertenezco a una raza que es la raza de esta tierra ayacuchana que ha creado mujeres bravas y hombres melancólicos capaces de cantar sus tristezas y capaces de hacer de las desgracias la gloria de la vida también».
Como el fénix que renace y levanta el vuelo de sus cenizas, nada podía doblegarlo, nada podía apagar su entusiasmo, su determinación por alcanzar las metas de su pueblo, aún cuando todo parecía indicar el final o la derrota. Fue incomprendido en temas como la lucha contra el terrorismo y duramente atacado por haberse atrevido a defender la tesis que era necesario entregar las armas a los campesinos ayacuchanos como estos lo reclamaban para que pudieran defenderse de Sendero Luminoso.

Alberto Valencia al lado de su hija Rocío y del recordado poeta Washington Delgado en Lima, agosto del 2003.
El gobierno y también el ejército consideraban esta propuesta como demasiado arriesgada. Sin embargo el ex-presidente García le daría la razón años más tarde al ser entrevistado por la Comisión de la Verdad (CVR, 7 de mayo del 2003) La entrega de armas a los campesinos ayacuchanos, para que se organicen en rondas, fue la clave para inclinar la balanza a favor del gobierno en la lucha antisubversiva. El terco diputado ayacuchano, con apoyo del entonces Ministro del Interior, Agustín Mantilla, logró que se distribuyeran botas y fusiles a cientos de ronderos ayacuchanos para que estos pudiesen defender a sus familias sin esperar la luz verde del Ejecutivo.
Ser hijo predilecto de Huamanga fue según su propia confesión el homenaje más hermoso que recibió durante su vida pública. Pausa fue la tierra de sus padres y de sus abuelos, donde aprendió al lado de los campesinos que trabajaban en la hacienda el quechua y vivió durante casi 4 años. En Lima pasaría el resto de su niñez, toda su juventud y la mayor parte de su vida sin que jamás la capital tomara el lugar de esta tierra que amó como su patria eterna hasta la muerte.
Los sueños del político encontraban eco en el corazón del poeta entregado y generoso. La falta de una universidad particular en Huamanga fue la preocupación más grande que tuvo en los últimos años de su vida. Dedicó sus últimos desvelos a trazar, al lado de un grupo de discípulos, y amigos el proyecto de creación de dicha universidad, cuyo financiamiento queda hasta el día de hoy pendiente.
«Prometo no morirme antes de fundar la Universidad Particular de Ayacucho y las bibliotecas populares», escribiría en su cuaderno de notas la nochebuena del 24 de diciembre del 2004.
Al igual que Víctor Raúl, su maestro, la educación del pueblo era su más grande anhelo y preocupación. Y a ese Ayacucho bendito, tierra de hombres tesoneros e indoblegables, partiremos un día quienes estuvimos a su lado, compartimos sus sueños y somos sus hijos en el mismo sueño y el dolor, con la determinación de sentar las bases de tan noble ideal.
Solo los hombres grandes tienen grandes sueños, por eso y porque Dios así lo quiso, nuestro mejor homenaje es ofrecerte taita, la promesa que veras un día, con satisfacción, cumplido tu último sueño. Entonces el cóndor de tu espíritu temerario volará nuevamente sobre el cerro de Acuchimay y repicarán las campanas de la Iglesia de Quinuapata, anunciando un nuevo porvenir para el Ayacucho que sufriste y amaste con verdadero valor, desinterés y entrega hasta el último suspiro de tu vida.
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