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Por: Rocío Valencia H.
Trujillo, 16 de julio 2009
Tu vida podría ser equiparada
a un ciclón de viento que pasó por el Perú revolucionando el espíritu de todo
el continente, elevando a misión sagrada las esperanzas de un pueblo sediento
de fe y hambriento de justicia. Fuiste ungido desde muy joven para ejercer un
liderazgo de servicio, para liberar a los pobres que es el pueblo elegido por
Dios.
En el corazón de los Andes,
en el interior de las cuevas rocosas que baña el Pacífico a todo lo largo de su
litoral, en el silbido de aquel viento que transporta de un kilómetro a otro
las dunas de nuestras costas. En el rumor de las aguas de nuestro majestuoso Amazonas
se siguen oyendo los ecos de tu predicamento:
“¡Universidad popular!”, “¡Comunidad
Interamericana de Naciones!”, “¡educación gratuita!”, “¡alianza de obreros
manuales e intelectuales!”, “¡congreso económico nacional”, “Navidad del Niño
del Pueblo!”, “¡pan y libertad!”
¿Dónde te has ido abogado de
los pobres, defensor de las minorías explotadas, adalid de la democracia, precursor
de la jornada de las ocho horas de trabajo y de la revolución agraria?
¿Dónde tu voz iluminada, tus
palabras proféticas, tu dedo índice denunciando siempre los abusos de las
tiranías, el vicio y la mediocridad?, ¿dónde tu sonrisa amplia y tu pecho
siempre abierto a perdonar a tus más feroces enemigos sin rencor, ni tampoco
deseos de venganza?
¿Dónde encontrar tu risa
contagiosa cuya música desarmaba al más resentido de tus opositores; dónde las
conferencias magistrales de maestro siempre voluntario y edificador de
conciencias? ¿En qué suelo resuenan ahora tus pasos grandes y decididos. Firmes
como tu deseo de librar de su esclavitud a este país lleno de contradicciones y
de divisiones milenarias llamado Perú?
He partido en peregrinación
espiritual a tu tierra del norte, Trujillo y las murallas de Chan-Chan me han
revelado la tragedia.
Cinco mil almas no olvidan el
lugar donde entregaron sus vidas por el ideal libertario de conquistar una
república de pan con libertad, en los días de las revoluciones libertarias de
Trujillo, Cajabamba, Huaraz y Ayacucho, cuando el tirano de turno mandaba
fusilar a campesinos y trabajadores intelectuales por el pecado de soñar en un
Perú con igualdad y libertad.
Era noche de luna plena
cuando camino a Moche he llegado a la Huaca de la Luna y al alzar mi vista he
leído el nombre del “APRA” inscrito en lo alto de una montaña, inscrito por el
halito sagrado de aquellos héroes del pueblo que lograron escapar del encono
oligarca y del oprobioso fusilamiento militar.
¿Dónde estás Víctor Raúl?, seguía
gritando mi frente, mis ojos voraces por descubrir la verdad.
Luego de un largo caminar de
costa a sierra, de oriente a occidente, de comunidad en comunidad del inmenso
Perú indagando por “el señor APRA”, me he detenido a descansar en Sihuas. Un
campesino muy anciano me ha mostrado la foto de tu hermano Cucho quien luchó
hace 77 años al lado del pueblo y escapó a la sierra, sufriendo cárcel por
larguísimos diez años. –Este es el compañero Cucho- me ha señalado marcando con
su dedo la foto grabada en un libro. Con una sonrisa llena de esperanza y
mirando al cielo con los ojos nublados por las lágrimas ha gritado: "¡El
APRA nunca muere!"
En sus ojillos grandes y
rasgados, como los de los huacos Mochikas se vislumbraba la esperanza del
militante de un partido con 80 años de existencia, pero también un credo moral.
Mi peregrinación había terminado. ME ENCONTRABA FRENTE A TÚ PUEBLO: RECUERDO
GIGANTE, TESTIMONIO VIVO, INDISCUTIBLE HERENCIA DE TU TRABAJO HUMANITARIO Y MENSAJE
MORAL EN EL TIEMPO. Todo hablaba de tí en Trujillo: las grandes avenidas, las
plazas, los parques, las escuelas y los monumentos. Tu nombre había quedado cincelado
en la piedra de estos pueblos del norte del Perú y tu amor grabado en las
conciencias. La gran piedra en el cementerio de Miraflores que señala el punto
exacto de descanso eterno para tus restos, no era la única marca de tu
presencia insondable. Vivías imperecedero, en el recuerdo de los ancianos;
vivías en las historias y fantasías de los niños; vivías en la memoria
colectiva de un pueblo.
Padre te llaman las nuevas
generaciones revolucionarias, "político" los intelectuales, maestro
los estudiantes; "Jefe" los apristas y Víctor Raúl, el peruanista más
notable del siglo XX todos los peruanos. Eres al final nuestro faro, nuestro
ejemplo, nuestro guía y el padre de una patria mestiza liberada. Al grito de “Indoamérica para los indoamericanos”
te seguiremos porque hay amor a nuestra patria grande y hay amor a nuestra
gente en tus enseñanzas.
Víctor Raúl, tribuno del
pueblo, has entrado a la eternidad por la avenida más grande, aquella que sólo
pisan los inmortales. Aquellos seres capaces de desprenderse de sus necesidades
materiales y ambiciones personales para ejercer un liderazgo de entrega y
sacrificio total a los demás.
Nuestros nombres pasarán y
nuestras generaciones pasarán, pero tu nombre y tus nobles ideales no pasarán
hasta que por fin se funde en el Perú una república de justicia social con democracia
política y democracia económica que coloque al ser humano al centro de todas
las demás metas del gobierno. Metas por las cuales luchaste junto con Sánchez,
Cox, Seoane, Heysen, Townsend, Priale y tantos compañeros y mártires cuyas
ánimas acompañan y abren el paso para la redención del indio en este nuevo
milenio. Un día la bandera de tu soñada Indoamérica flameara desde México hasta
la Patagonia. Aquel día todo aprista indoamericano tendrá los ojos fijos en el
cielo, observando el vuelo del cóndor majestuoso que se convertirá a partir de
entonces en el símbolo de una patria más grande recién conquistada.
Pichón de cóndor, como bien te llamó nuestro querido
poeta César Vallejo, surcaste nuestros cielos hace ya varios decenios y sin
embargo tus palabras de fe y tu mensaje de unión entre todos los peruanos y
entre todos los latinoamericanos, son voz de orden y acción para las generaciones
nuevas y aquellas que vendrán. ¡Te rendimos homenaje desde el fondo de nuestros
corazones y al grito de Víctor Raúl, como al clamor de las campanas, te
contestamos ahora y siempre: ¡Presente!, ¡Haya vive!, ¡Haya no ha muerto!,
¡Haya vencerá!.
"Espero que mi muerte sirva para unir más a los
apristas" Víctor Raúl Haya de la
Torre.
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